El primer coloquio internacional sobre improvisación llega en un momento en que la comunidad lo necesita, en un momento en el que la comunidad que conforma la escena está ya cuajada y articulada en sus problemáticas propias de artistas, gestores y público. Un dispositivo de alcances panorámicos como un coloquio internacional es eventualmente indispensable sobre todo para una práctica como la de la improvisación, una práctica que, a pesar de décadas de su aparición, sigue siendo marginal dentro del campo de las artes sonoras, sigue considerándose bajo una serie de prejuicios, una falta de seriedad, de profundidad y oficio; prejuicios que presentan la ventaja de mantener la práctica dentro de la vanguardia y reservarla como un campo fértil para la construcción de lenguajes frescos, pero con la enorme desventaja del descobijo institucional y económico, que orilla a la precariedad a un grupo de los mejores artistas que ha tenido este país en su historia.
El coloquio, que tuvo la virtud de transmitir todas las ponencias en el canal de YouTube del 17 Instituto, abrió con un discurso de Ricardo Lomnitz, coordinador del evento, en donde dijo: “En un mundo que pareciera acceder al ilusorio sueño de querer calcularlo todo, en el que los autoritarismos se multiplican y la catástrofe ambiental nos demanda una rápida capacidad de respuesta colectiva, la pregunta por la improvisación pareciera volverse urgente. Este encuentro es, pues, una invitación a pensar en colectivo, contribuyendo a instalar en español los estudios críticos de la improvisación en tanto práctica y noción útil para cuestionar y deconstruir binarismos esenciales a la modernidad como innovación vs tradición, colectividad vs individualidad, producto vs proceso, etcétera.” Benjamín Mayer, director y fundador del 17 Instituto, le siguió en el discurso de bienvenida aclarando la función y objetivo del proyecto: “Lo que estamos haciendo en realidad es iluminar bajo una luz ligeramente distinta algo que está siempre ahí. Estamos ante el clásico frente a las narices, pero no por tenerlo tan frente a las narices es posible verlo. Hace falta un acompañamiento conceptual para entender cuál es el papel de la crítica en nuestras vidas”.
El nombre completo del instituto es 17, Instituto de Estudios Críticos, y por nombre y naturaleza era de esperarse que los propios invitados fueran críticos de la dinámica del evento del que formaron parte. En su turno para hablar Wade Matthews (España) citó a Ingrid Manson: “He sido muy consciente de las necesidades contradictorias de los tres públicos a los que más deseaba llegar, músicos, oyentes y académicos. Estoy bastante convencida de que lo que más interesa a los músicos y a los oyentes es lo que menos interesa a los académicos y viceversa. Con lo cual un seminario sobre el pensamiento, una mesa rectangular sobre el pensamiento, no sé muy bien hacia dónde orientar aquello. Programando conciertos desde 1978 llegué rápidamente a la conclusión de que si hay poco dinero, tiene que ser para los músicos, y los demás que se aclaren.” Al señalar la mesa rectangular sobre el pensamiento Matthews se estaba refiriendo al formato de las ponencias que predominó durante el coloquio, el formato clásico de la academia instaurado en los auditorios del siglo XIX, en donde la palabra y la autoridad intelectual se encontraban de un lado activo y del otro lado una audiencia pasiva, una audiencia anónima que al final del establecimiento de un discurso tiene la exigua participación de una pregunta o un comentario, y el tono crítico de Matthews iba dirigido justamente a señalar que la naturaleza de la improvisación es justamente contraria a tal disposición. Ajay Heble (Canadá), que compartió la mesa con Matthews, hizo eco de las necesidades contradictorias entre academia y artistas y oyentes, hablando de su experiencia en el Festival de Guelph, en donde el evento anual sobre jazz e improvisación involucra a la población de Guelph de manera integral como “Una necesidad de la existencia, de la supervivencia de nuestro planeta. La improvisación no es algo así que aparece de la nada, es una práctica social… Festivus significa estar en diálogo con la comunidad, estar en diálogo con los curadores.”
El problema evidente del Coloquio fue organizar mesas de discusión intelectual acerca de una entidad comunitaria alrededor de una práctica, sin conocerla ni involucrarla activamente, y es un problema porque los discursos sin una relación directa con el campo activo resultan exclusiva e invariablemente palabrería inteligente, como sucedió en la mayoría de las mesas, discurriendo acerca de la naturaleza fenomenológica del acto sonoro, discursos autocomplacientes acerca de la resistencia civil ante la rampante ideología omnívora que nos subyuga, en suma, exploraciones especulativas y académicas, cuando la comunidad de la improvisación tiene problemas que necesitan ser pensados y nombrados, problemas muy reales y concretos:
-La identidad de la escena de la improvisación en la Ciudad de México, reputada en el extranjero por su nitidez, no está estudiada en su genealogía, ni están mapeadas las relaciones endémicas que la hacen posible, relaciones que van desde la formación de los artistas hasta los accidentados y ricos intercambios que tienen lugar en virtud de una falta de institucionalidad.
-Las soluciones a los que ha tenido que recurrir la escena para su subsistencia son tan variados como interesantes y peculiares, la generación de espacios alrededor de los cuales se concentran actividades de colaboración y creatividad han sido generados orgánicamente por la propia comunidad, autónomos y autogestivos, y éste es un fenómeno que requiere de toda una investigación por la manera y forma que adquiere en la Ciudad de México.
-La amistad estética que ha dibujado los diferentes grupos que forman la nebulosa presenta una problemática ideal para el historiador del arte, porque nos permite presenciar cómo es que los movimientos o ismos cobran vida con consecuencias artísticas; fenómenos que la historia tradicionalmente agrupa bajo criterios estrictamente formales y que en su narrativa no tienen mucho sentido a la luz de la experiencia.
La incongruencia intelectual de asegurar en términos puramente teóricos que la improvisación es una práctica comunitaria y operar un coloquio sin tomar en cuenta a la comunidad, de asegurar que la improvisación es ante todo una práctica emancipadora de jerarquizaciones del saber y los poderes y organizar los discursos en el formato autoritario de mesas elevadas un metro por encima de un público pasivo, replica una manera de actuar al puro estilo de la etnografía clásica del siglo XIX, que descubría poblaciones —que ya tenían siglos de haberse descubierto a sí mismas— interpretándolas con recursos previamente establecidos mucho antes de acercarse a conocer su objeto de estudio, problemática sobre la que Juanita Delgado (Bogotá) insistió, repitiendo que la improvisación no es la panacea, que sólo puede tener un grado de subversión cuando no se la saca de contexto.
Por supuesto, el 17 Instituto es un organismo privado, y en tanto tal no le debe a nadie explicaciones de sus actos, pero desde el momento en que eligieron como sede del encuentro a la Fonoteca Nacional, una institución financiada con recursos públicos, su agenda pasó a ser asunto de la cosa pública. También se podría decir que el título del coloquio fue XXXVII Coloquio internacional «Máquina productora de silencio. La improvisación en y más allá de la música y las artes», y que por lo tanto su compromiso con la improvisación musical —y por ende con la comunidad que la hace realidad en la ciudad en la que el coloquio tuvo lugar— no fue más que parcial, pero en los hechos la única de las artes representadas fue la música, la curaduría de los artistas invitados estuvo a cargo de Ana Ruiz, Alain Derbez, Wade Matthews, Gonzalo Biffarella (Argentina) y Ana Ruiz Valencia (Colombia), artistas de la sonoridad en su totalidad, y encima, los eventos representativos de la improvisación fueron exclusivamente sonoros, es decir: conciertos (salvo algunas excepciones de ponencias en las mesas —entre las abiertas al público y las privadas—- que deben ser nombradas en su afán de subrayar el elemento intrínsecamente subversivo de la improvisación, que derivaron hacia la literatura, la filosofía, problemas de racialización y las relaciones interespecie). El gesto más expresivo de la distancia entre discurso y acto se manifestó con claridad indiscutible cuando al presentarse la Generación Espontánea, Willy Terrazas como el heraldo de la banda, presentó al conjunto diciendo, en franco reconocimiento de la lógica del evento sonoro “la generación espontánea son ustedes”, seguido de Benjamin Mayer que procedió a ampliar ceremoniosamente sólo para ser interrumpido por la banda que empezó a sonar, delimitando con prístina claridad la enorme distancia entre el acto comunitario de improvisar con los oyentes y la discursividad que pretende darle sentido a lo efímero antes de que suceda.
¿Qué hace un instituto? Legitimar. En este caso, la legitimación curiosamente la aportaron los artistas al instituto y no a la inversa, porque si algo caracteriza a los artistas de la comunidad de la improvisación es que la legitimación de la que gozan no se las otorgó nadie, se la ganaron con el esfuerzo individual y compartido y con el talento, que no me explico porqué justo ahora abunda, pero que debería ser la obligación de toda institución proteger y atesorar, sobre todo en un país como México, en donde la cultura dista mucho de formar parte de la canasta básica. La academia, dadas sus relaciones alienadas con la realidad, cuando no es ingenua es perversa, y a mí me cuesta trabajo distinguir cuándo es una o la otra, pero para que el 17 Instituto de Estudios Críticos pueda operar un coloquio sobre improvisación y ser congruente entre palabra y actos, para que en serio realice un “acompañamiento conceptual para entender cuál es el papel de la crítica en nuestras vidas”, tendría que comportarse subrayando menos su parte de instituto y más su parte de estudios críticos, es decir, operar como un aparato mediador que articule las muy reales necesidades conceptuales de la comunidad con las posibilidades de colaboración internacional, que el 17 ya tiene en las manos. Si hay un instituto con la flexibilidad para hacer lo imposible, es sin duda el 17, porque no veo cómo pueda venir de ningún otro espacio académico. La flexibilidad temática, que caracteriza desde sus inicios al 17 Instituto, permitió durante el encuentro diálogos como la mesa en la que participaron la psicoanalista Susana Bercovich, Juanita Delgado y Eduardo Piastro, diálogos típicos de este instituto de humanidades, que fue el único que en su momento fue capaz de alojar estructuras tan elusivas como la escuela lacaniana, caracterizada por su obcecación en no distinguir la palabra del acto. Ha sido un trabajo enorme de logística y coordinación el que ya realizaron Benjamín y Ricardo, ya con frutos y semillas como la colaboración con el International Institute for Critical Studies in Improvisation de Canadá; la invitación de artistas de Colombia que fue particularmente atinada, tal vez por las similitudes entre las problemáticas sociales entre México y Colombia que nos hermanan en maneras de sonar y escucharnos. Se hicieron alianzas, nacieron afectos, se abrió un camino para ligar la hasta ahora impermeable institucionalidad con una comunidad independiente, camino que fuera de esfuerzos puntuales como los de la Casa del Lago y la Fonoteca Nacional no se han podido profundizar como una categoría de agenda oficial que se traduzca en recursos apropiados.
¿Qué hace la crítica? Plantear de manera pública discusiones que se están teniendo en privado. No es necesario repetir que una crítica minuciosa es de parte del que la ejerce un gesto de respeto, y espero que el 17 Instituto haga honor a sus ostentados títulos de crítica para hacer valer su derecho de réplica y esto se convierta en un diálogo, porque lo que espero, por lo menos a título personal, es que haya un segundo coloquio, un tercero.
Erick Vázquez






































