Cada vez que he asistido a la serie Doppelgänger, concebida por Marco Albert en el teatro Lola Cueto, vuelvo a pensar lo importante que es la función de la curaduría para recordarnos que realmente nunca terminamos de conocer a los artistas, y en particular y para el caso mucho menos a los que improvisan; para esta escena mucho de la curaduría consiste en el trabajo de buscarles un contexto de escucha adecuado para el concepto del que se parte. En la intimidad del teatro diseñado para marionetas se escucha sin esfuerzo la respiración, se aprecia la baba escurriendo de la llave del desagüe, el claquetear de el puro manejo del trombón entre las varas y las llaves que es tan trascendente para Frausto en su experiencia de un instrumento tan potente, la sutileza de la potencia neumática en todos sus matices, los rasgos de lo que bajo el concepto del doble se acercan a comprender la relación de un artista con su instrumento de la que tan poco se habla y que Albert con su curaduría señala.
Cuando John Cage y Merce Cunningham se encontraron se unieron el amor por el silencio y la pasión por el movimiento en sí, en torno a este encuentro se concentraron más artistas con la ocasión de manifestar su vocación por la danza sin la necesidad de someterse a la violencia de una disciplina académica que tan comúnmente mata la infancia originaria, su interés por el sonido sin tener que someterse a lo que se suponía debía ser la música. En el espacio improvisado de un piso donde se reunían, un bailarín, después de observar todos los días a los trabajadores frente a su departamento durante sus lunch breaks, presentó el proyecto coreográfico de comer un sandwich sentado, otro día alguien más presentó una obra donde todo lo que hacía era mover los muebles del piso para acomodarlos dentro del estudio de Cunningham. Liberar la danza de la idea de la coreografía clásica consistió en otorgarle a los movimientos cotidianos la dignidad del signo y reconocer en la vida moderna la potencia del absurdo. Ahora, yo sé que Javier no estaba pensando en el Black Mountain College cuando concebió su performance, pero creo que la herencia de los artistas que liberaron a la danza de la coreografía y a la música de su lenguaje establecido es un tesoro que gozamos, como toda herencia, cultural o natural, sin la necesidad de una conciencia geneaológica.
La práctica de un instrumentista, sobre todo la de un músico como Javier, que participa en ensambles y sinfónicas, tiene toda una vida que se invisibiliza a la hora del escenario, una vida de repetición incesante de pequeños movimientos, de ajustes del instrumento, una memoria muscular asociada a una carga de angustia ante la posibilidad de la nota equivocada —que en los metales dentro de una sinfónica es un manchón de aguacate en camisa blanca— mezclada a una amorosa devoción a las varas del trombón como una extensión de los propios hombros, brazos, manos y punta de los dedos, una extensión inaudita entre la exalación del aliento en la boca y la largura hacia la campana. El performance de Frausto en el Lola Cueto fue una expresión nítida de toda su vida con el trombón, casi todo se trató de él como si estuviera probando, armando, desarmando, repitiendo una y otra vez el gesto del brazo, de la mano sobre la extensión, poner la sordina y devolverla al tripié, una y otra vez, absurdo y angustiante a ratos, tierno y divertido otras, profundo en la trivialidad de movimientos del cuerpo conviviendo con una herramienta de trabajo que organiza una vida entera. Sonando poco la campana de manera tradicional, arriesgadamente muy poco si consideramos que se trataba de un concierto, pero de esto se trata justamente la curaduría, de abrir las puertas de lo insospechado para hablar de cosas necesarias, y esta es la altura a la que respondió Javier al aceptar el riesgo. Cuando he hablado con artistas de la música muchas veces he tratado de que me hablen de su relación con el instrumento y sus respuestas son invariablemente frustrantes para mi curiosidad y ahora entiendo el porqué, porque la respuesta no podría ser satisfactoria más que de manera performática, mostrando ese universo tan privado de la práctica y el ensayo donde parece que no pasa gran cosa y donde se prepara el espectáculo de la existencia. Frausto pertenece a la curaduría de Albert porque improvisa, es decir, porque sabe que el error no existe, y durante su armar y desarmar los dos trombones con los que malabareaba su destino se le presentó la oportunidad, el trombón se le cayó al piso con un retumbar que tintineó con toda la majestad del accidente y que aprovechó para agacharse a recoger ese manojo de tubos abrazándolos como un ramo de flores de tallos enteros y soplarles delicadamente para llegar al silencio y a la inmovibilidad y al final de su acto. El punto de Javier Frausto es que todo esto tiene todo qué ver con la música, que todo esto es la música, si fue un concierto o un performance da igual porque su sueño es emancipar esa diferencia, emancipar la diferencia ya a estas alturas absurda entre la música idiomática y la experimental mediante la aventura de atravesar el edificio tambaleante de la improvisación mientras nos mostraba el andamiaje.
Un sábado del pasado abril, en el espacio de Kosmos —proyecto de Melissa Aguirre abierto para explorar las relaciones entre la ciencia y el arte— nos reunimos bajo una intuición mía sobre el gusto y la música. Rocío Castil y Harim González, baristas del café que tomo todos los días, Ernesto del Puerto y Emiliano Cruz, artistas del sonido que trato de entender igual todos los días, y Claudia Arancio y Sofi Sauer, poetas y amigas las dos. La intuición se ubica acerca de qué se puede hablar cuando la experiencia rebasa la capacidad de realidad que tiene la palabra, por lo menos la palabra inmediata, porque al parecer me dedico a escribir de lo que no se puede hablar: la naturaleza del evento sonoro y su memoria se encuentra difundida en la red de las presencias, y el gusto se encuentra igual en esa vecindad lógica. Hubo un momento en que estuve a punto de renunciar a escribir sobre el evento que compartimos, por frustración, porque yo quería escribir un ensayo, y luego me di cuenta que para hablar del gusto es así, en fragmentos, en retazos que buscan la conexión a tientas, le das un trago y encuentras el sentido, ya no te gusta y lo dejas por la paz.
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Si uno se pone el dedo pulgar en el oído, y con la misma mano se toca la punta de la naríz con el dedo índice, se traza una línea recta. Sin soltar el pulgar sobre el oído se gira la muñeca para con el dedo índice ahora tocar la nuca, y la línea recta se extiende desde la parte trasera del cráneo hasta la naríz. Esta sección del cráneo abarca la parte del cerebro que organiza los sentidos del olfato y la escucha y atesora la memoria más esencial junto con la motricidad fina. Por supuesto que el cerebro funciona en redes neuronales y no es una realidad lineal, pero la evolución quiso que cierta memoria no pudiera estar en riesgo de reescribirse, que el olfato la escucha no pasaran por filtros y mediaciones racionales porque de estos depende una supervivencia, y ahora una naturaleza sensorial del gusto y de la audiencia es una que el lenguaje puede aprender sólo de manera ambigüa. Por neurología o por deseo, por evolución o por símbolo, la experiencia musical y la experiencia del gusto siguen siendo un misterio. Richard Axel y Linda Buck abrieron su discurso de recepción para el premio Nobel de medicina por su investigación sobre los receptores del olfato hablando de Marcel Proust, porque el arte sigue siendo la mejor apuesta para hablar de ese misterio. Y hablar fue lo que aspiramos a hacer en un proyecto entre baristas y artistas. Una cata de café es una ceremonia que justifica plenamente el amor por la bebida, un concierto justifica plenamente el amor desmedido por escuchar en vivo, todo parece salir de la nada, y en esa nada el todo se concentra.
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El protocolo se establece así: presentaron dos granos. Los molieron en un punto muy grueso. En cada taza se colocó la molienda y agua a una temperatura calculada para extraer sin apresurar, sin presiones, cosa de espera y paciencia, desarrollo de una primera olfación y no comentar nada para no contaminar las opiniones ajenas. Colocamos la nariz muy cerca y le dimos el toque. Se retiró el grano flotante de la superficie de la taza y nos dijeron con cierta ceremonia “a esto se le llama cortar la costra”. Y bebimos el primer sorbo. Una jalada brusca y corta y rápida, un staccato. Comentamos las primeras notas. El grano con cierta tendencia hacia la claridad sencilla primero y el grano con un espectro más oscuro y profundo después. Harim nos contó que él prefiere tomar su primer taza de la mañana al despertar con un principio sencillo y claro, despertar despacio, volver del sueño paulatinamente. Yo despierto de golpe directo a las notas complejas. Por eso el café es una experiencia civilizatoria, porque nos invita a compartir las diferencias.
En la Rueda de Sabores del Catador de Café, creada sobre la base del Diccionario Sensorial de la World Coffee Research, el sabor se organiza en cuatro niveles circulares y concéntricos, como si el sabor fuera la consecuencia, sobre la superficie de un lago y una piedra que ha caído, las ondas que se alejan de la experiencia central hacia las orillas del recuerdo. El primer nivel del círculo es el más elemental: dulce, floral, afrutado, nueces y cacao, especias, tostado, verde y vegetal. La secuencia de las extensiones son las de esperarse: del dulce a la azúcar morena y la vainilla, de ahí a la miel, del afrutado a la piña, las pasas y la fresa y el árandano, de las especies al clavo y la canela y la nuez moscada. Ernesto y Emiliano acordaron que se trataba de una especie de temperamento, un sistema de afinación que compromete ligeramente los intervalos puros en el lenguaje musical. En la escena de la improvisación y la comunidad que la conforma no se tiene en alta estima el lenguaje musical sistematizado para comprender lo que sucede en términos acústicos, el sistema diatónico, Fa mayor y su quinta justa, todo eso, sencillamente no responde con justicia a las búsquedas y la partitura es una referencia un tanto abstracta. Lo que importa es la calidad del encuentro, y el gusto se comporta de manera muy similar. En la experiencia de la cata se espera que uno pueda detectar las notas fundamentales en un acorde de sensaciones que se encuentran entre el paladar, la lengua y el olfato. La ubicación del gusto la resolvió Berkeley: ¿Dónde se encuentra el sabor, en la manzana o en la boca? En la mordida. Si se trata de música es muy parecido, la relación entre consonancia y disonancia, por más que la hayamos medido en la frecuencia de los intervalos hasta el microtono, varía con los usos y costumbres. Por más que se haya sofisticado la tecnología del café, el tostado y la comprensión del grano en la interpretación para la extracción de los aceites y el amargor sigue siendo un arte, y el punto de llegada y de partida del arte es la subjetividad, la diferencia.
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No se trata de sinestesia. No creo. La función olfatoria y la escucha se encuentran efectivamente a milímetros dentro del mapa neuronal, y esa cercanía es tal vez engañosa, porque efectivamente cuando el lóbulo temporal es afectado son los sentidos de la escucha y la olfación los que se perturban, pero en la experiencia no se confunden, el punto es que se comportan de manera similar con relación a la presencia y la memoria en virtud de la zona que se encarga de tales funciones. El lóbulo temporal se anuda al sistema límbico para la función fundamental en la regulación de las emociones y es natural, los aromas y la emoción inevitable, la música y la evocación contundente, pero el lóbulo temporal también se encarga del lenguaje y cuando llega el momento de hablar de las emociones, de describir un aroma, de articular una idea alrededor de una melodía, la naturaleza de la palabra parece ajena, tal vez porque la palabra sólo tiene sentido fuera del cráneo, en la substancia compartida de hablarnos con otro ser vivo que también vive bajo la ilusión del aislamiento aparente de la caja ósea.
Claudia: “Esta sensación de tener la palabra en la punta de la lengua, esto de estar en el borde en el borde de la lengua con la palabra colgando, y encontrarla escuchando a los demás hablando de dátiles. Reflexionar todo el universo de la producción y la realidad de la distribución detrás de la experiencia tan íntima del café para articular lo que ya sabemos.” Para los mexicanos no es tan fácil dimensionar la relación que tienen los argentinos con el mate. Un ritual infinito que sirve para despertar, digerir la comida, platicar con los amigos sobre un registro muy específico de yerba verde, amargor que sueña con menta. Para Claudia el mapa de referencia de lo que es suave, cítrico, tan incorporado que tiene la marca ubicada para la expectativa, es el mate que le gusta amargo. Para Claudia con el café la relación con el amargor es más voluble, que con el mate es una posición más afianzada, para Claudia, la reunión del verdor del mate y el amargor del café son una traducción cartográfica de su vida como argentina en México, para Claudia, el amargor no tiene nada qué ver con la amargura.
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¿Por qué el café y no el té, el vino o el whisky? La relación con el instrumento puede ser una señal para pensar la misteriosa elección. ¿Por qué se elige un instrumento y no otro? Ernesto me cuenta que el saxofón fue una elección sencilla, él eligió al saxofón y no a la inversa, pero la relación con el tubo sonoro fue rápidamente la comprensión de una extensión de su propio tubo ruidoso, la faringe que desemboca y se pega a la boquilla para hacer de la boca metálica su propia oralidad. Aprender a tocar el instrumento, para Ernesto, ha sido y es el proceso de fusionarse en un sólo cuerpo, y ahora su saxofón comparten el mismo corazón y el diafragma y los pulmones, y ahora su instrumento tiene una vida simbiótica, el mapa emocional del metal es indistinto del cuerpo que lo sostiene, su sonido es el de un tren silbando furioso en un laberinto de inteligencia y ternura.
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El misterio profundo del gusto reside en que la experiencia más íntima y privada sirve de referencia objetiva para la experiencia íntima de alguien más. Tal vez sea sólo un misterio en la medida en la que pensamos que lo que nos gusta es inconcebible para otros. En un manual de psiquiatría decía que lo que solemos pensar que sólo le pasa a uno realmente le suele pasar a todo el mundo, y que lo que creemos que le pasa a todo el mundo, en realidad, sólo le pasa a uno. Dónde termina la neurología y dónde empieza el significante es fácil de responder: en la nariz.
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Emiliano eligió la guitarra a los ocho años por una idea de niño, la imagen del guitarrista y el amor por los Beatles, pero al irse encontrando con la guitarra eléctrica la sensación de las cuerdas y el voltaje le sugirieron otra cosa, le mostraron otros caminos, vías que lo enseñaron a escucharse y definir un sonido, un sonido que se define en la relación entre una familiaridad más cada vez más conocida y una extrañeza cada vez más irreconocible, una relación cada vez más estrecha entre la memoria y el olvido, y la improvisación sea tal vez uno de los caminos para entender cómo es que olvidamos recordando, que esa es la virtud inagotable de la infancia, aprender a ser otro sin dejar de ser lo mismo.
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El evento bajo el que nos reunimos Melissa lo tituló “el ruido del café” por una conversación con Ro y Harim acerca de un registro particular que se llama “ruidoso”. El café es ruidoso cuando es estridente, el café puede conocerse en términos acústicos como la música puede interpretarse en términos pictóricos, color, armonía, contraste, porque la sensibilidad, como la organización cerebral, si bien se fundamenta en zonas localizadas de los órganos, se articula en redes de sentido que exceden o imitan las redes de la experiencia: recordamos preguntando cómo fue, porque lo vivimos juntos, y el hecho de que la memoria tenga sentido en convivencia sólo acentúa la maravilla, orgánica y sencilla, de los receptores olfativos. Era natural que hablaran un montón de política, Ro y Harim recordaron que así como la historia del té está ligada a invasiones y revoluciones, el sistema de producción y distribución del café no puede ser inocente, y por eso fue necesario mencionar que los granos que estaban moliendo vinieron uno de la finca de Los Pocitos, un Red Honey, de la comunidad Emiliano Zapata en Veracruz, el otro un Geisha lavado de la finca Los Remedios, en Ixhuatlán de Veracruz también, y que los estábamos tomando ese día en la Roma Norte. Una vez conocí un verdadero amante del vino, un tal Daniel Sage, él trabajaba para viajar y conocer la tierra, el clima, el sol y el viento específicos de valle o colina de un determinado sabor, las flores circundantes del viñedo y la gente que vivía allí. Amar profundamente lo saca a uno de su casa. Termina uno en un concierto, en otra ciudad, con otra gente, que también lo quiere a uno y con la que aprende de nuevo a amar.
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Ro y Harim comparten una pasión, y esa pasión consiste también en compartirse. La relación entre la experiencia del gusto, que puede explorarse consigo mismo nada más, en la soledad de entenderse y pensarse, y que puede compartirse entendiendo y pensando con alguien más, es similar a la música que nos transporta sin pedir permiso a una memoria y ya estamos en otro momento, la sensación de realidad como un salto en el tiempo. Es un misterio porque la experiencia del gusto y de la música son evanescentes, son pura presencia en el sentido de que las notas se desvanecen de los sentidos y el recuerdo no tiene la potencia de llamarlos como se llama a una imagen visual, y sin embargo qué fuerza para arrancarnos del presente. El sueño predecible sería que cada persona, cada cuerpo, cada realidad irreductible realizara el mapa singular de su sensibilidad. Es el sueño kantiano por excelencia: que cada quien organizara las coordenadas de sus placeres y sus memorias más íntimas para que al contraponer toda las experiencias singulares pudiéramos así hacer la cartografía plena de lo sensible, compararla con la organización del cosmos.
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En ambos granos una sugerencia de trigo mojado, cereal de trigo con miel, del barato, del esponjado, de ahí a la vainilla y de la vainilla al caramelo y de ahí hacia el tostado, el chocolate por supuesto y las pasas, los frijoles: patas de perro. Cuando niño jugando en la alfombra el olor de los pies de mi papá me intrigaba. Una mezcla de amónia con gengibre y células muertas, la función de las bactérias acentuada por el poliéster de los calcetines, algo de chetos. En la adolescencia ese olor me inquietaba, me irritaba, ahora mis pies cuando me quito los calcetines me llega ese olor y pienso en cómo la historia natural se actualiza en mis pasos, la herencia manifiesta en el sudor y el caminar y la ternura. También cuando mi sobrina recién nacida el olor de sus piecitos inconfundiblemente dulce, su abuelo con toda naturalidad me dijo “huelen a rosas”. El queso y las flores, los cereales y las frutas, el chocolate y las amónias, en mi círculo del gusto los pies caminan sobre la mitad de los aromas del mundo.
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La experiencia de la música, la verdadera música, dice Baudelaire, sugiere ideas análogas en cerebros diferentes, la similitud entre naturalezas distintas. Escuchar la improvisación al final del encuentro, entre Ernesto y Emiliano es algo que hicimos en silencio, el silencio obligado del ritual que involucra presenciar la música que toma forma como de la nada y que va para quién sabe dónde. Supongo que estuvimos de acuerdo en que la forma de la improvisación haya gravitado entre los golpeteos discretos sobre las llaves del sax girando concéntricos y pasando de una clave a otra, que la guitarra eléctrica sin amplificación dió también en el punto adecuado de la digitación como girando en torno a un centro pero difuso. La próxima vez, con más tiempo, acaso podríamos hablar de la experiencia musical en los mismos términos que hablamos de la experiencia del café. Se siente como todo un riesgo, una aventura.
Comenzar con una confesión es una pésima estrategia por parte de un crítico, pero después de todo la honestidad no es mal contrapeso de la inteligencia: la primera vez que vi el violín de Carlos Alegre sentí un escándalo moral en mi interior, todo rasguñado, partes de las tapas más desgastadas que otras, la madera, la piel intemperizada como cicatriz descuidada. Pocas cosas me escandalizan, pocas cosas lo han hecho, creo que en mi historia personal hasta las puedo contar con una mano, y un escándalo moral, en un crítico, es una oportunidad dorada, el Santo Grial de los Síntomas que si lo toma le puede ofrecer, tal vez, la salida de sus prejuicios.
Un instrumento musical es un objeto muy peculiar, merecedor de toda la mitología que ha despertado en tanto es el producto de una historia muy pegada a la anatomía y fisiología del cuerpo humano, una extensión natural del mismo; la propia descripción del cuerpo de un instrumento de cuerdas se organiza explícita en un vocabulario que sin empacho utiliza términos como cordal, voluta, brazo, oídos, alma. La historia del instrumento musical es la de un aparato que manifiesta en el mundo sensible la vida íntima, discreta e invisible del espíritu, la subjetividad, la consciencia. El conjunto de prácticas para su cuidado, poblado de caricias de fieltro y emolientes olorosos, guardado afelpado y transportación, está definitivamente del lado del ritual, y muy cerca de lo sagrado. Cuando vi el violín de Carlos Alegre lo primero que pensé fue que seguro tenía otro, éste que usa para la improvisación libre en el que puede rasgar con tornillos industriales, friccionar con gomas duras y rasposear con la parte dura del arco, y otro violín bonito y guardado en la seguridad de su hogar para cuando va tocar la música que requiere de una regla de etiqueta, me contestó que no, que es el único que tiene, ese que al que más de una vez le he visto saltar el puente porque el alma está acomodada apenas provisionalmente.
La improvisación libre, como se dice incansablemente y con razón indudable, es esa práctica en la que artistas se encuentran de manera espontánea en el evento sonoro, encuentro que involucra de una manera muy activa al público y que por lo tanto es el musgo fértil para provocar lazos comunitarios, pero últimamente he estado más interesado en la improvisación libre cuando se trata de un solo, porque es una vía para conocer al artista en sus diálogos internos en voz alta, una ocasión para mejor comprender sus búsquedas individuales, el rango de su condición emocional y, para acabar pronto, su sentido de la belleza. Barthes alguna vez sugirió que conocer a alguien acaso sea conocer su deseo, tal vez Arendt hubiera dicho que conocer a alguien es conocerle en sus actos políticos, en mi experiencia puedo decir que conocer a un artista es, con toda seguridad, conocer su sentido de la belleza.
Retrato del violín de Carlos Alegre por Manuel Enríquez
En el solo de Carlos Alegre del pasado miércoles en el Venas Rotas —dentro de un programa en residencia de Marco Albert—, fueron reconocibles en su diálogo interno las distintas voces que forman parte de su experiencia: una elegante por degenerada tendencia al vals y una escucha de la forma que deviene muy rápido un cambio extraordinariamente bien cadenciado hacia la deformación tonal, ya sea porque tuerce y destuerce mientras toca las clavijas de la afinación, adaptándose a la metamorfosis de la tensión en las cuerdas, ya sea por el puro recurso del brazo. Los ecos del son huasteco se pueden escuchar lejanos, casi olvidados, sino fuera por la expresión felizmente carnavalesca que se manifiesta de manera muy particular a su estilo en la elección de un intervalo que cambia de pareja con un tema cada seis o siete compases de duración irregular, que a ratos coquetea con el silencio o con la irrupción de un nuevo tema que se explora, de nuevo, en cadencias perfectamente desmedidas. El virtuosismo y el famoso oído absoluto de Carlos por supuesto que no son el punto pero ayudan bastante al estilo de su espíritu sorprendente, porque si el virtuosismo normal y comprensiblemente es un vehículo para apantallar, para Carlos no podría tener menor importancia, porque lo porta con la misma ligereza con la que Gokú termina sus batallas, con una sonrisa sencilla ante la terrible seriedad de los asuntos humanos. En el último set, el violín lo tocó sentado directamente con un piano de pulgar, directamente sobre las cuerdas del violín en un zapateado rico en tensiones percutidas que hicieron sufrir la estructura madérica del violín hacía un rasgueo metálico, y de pronto, como de las mismas cuerdas atormentadas del instrumento sonó un rugido de la garganta de Carlos Alegre, un rugido venido de la caverna sonora que se volvió un lamento, tonal y bailable en los términos africanos que igual nos hablan con una ternura profunda de un dolor fácilmente reconocible que se resolvió en una serie de ataques cortos y el frenesí alcanzó el silencio y el final de su solo.
En cualquier artista, el pánico (la percepción desorganizada y exacerbada de la realidad) es sustituido por la inspiración (la solución espontánea a un problema formal), en un gran artista el pánico y la inspiración son simultáneos. El violín de Carlos Alegre, todo puteado de las aventuras y los juegos, es un instrumento hermoso, porque es un testimonio palpable de que Carlos una vez que empieza el viaje no deja nada para después, como la mariposa monarca que emprende el viaje como una obligación correspondiente a la gracia sin reservas de su fragilidad, como el colibrí que migra miles de kilómetros y cuyo corazón es, igual que el de Carlos, capaz del rango inaudito de la casi imperceptibilidad a la velocidad imposible, dejando la marca de su historia escrita en el viento que no se guarda nada para el regreso.
A veces, en la gran mayoría de las ocasiones, el origen de una forma es un misterio. También, en la gran mayoría de las ocasiones, la narrativa de un origen explica las formas de su presente misterioso, en la Historia Natural es siempre así: la forma de un árbol, prescrita en su semilla y descrita por su acceso al agua y los minerales y las condiciones ambientales; la forma de un mamífero, prescrita en el embrión y dedicada en tamaño, fuerza y nervios gracias a su acceso al alimento y la familia, la migración exitosa y la supervivencia; de igual manera, la forma de los mares explica el curso de una corriente de aire cálida en el mapa global, y todo esto puede narrarse con congruencia incluso a pesar de la inmensa cantidad de azar la que depende un solo grano de arena en la balanza de la selección natural y el origen de las especies. Pero en la historia de un artista casi nunca funciona así, para encontrar el origen de sus formas, de una manera de vida armada de elecciones en torno a la belleza, son tantos los factores que pueden frustrar o permitir el equilibrio entre el florecer delicado de la intuición y la exigencia dura de entrenar el talento que una narrativa puede fácilmente perderse entre los avatares del mito y la anécdota. Por esto es importante conocer el proyecto documental, “Gustavo Nandayapa: devenir de un río”, dirigido por Andrea Rodea y Erik Mares, producido por Chris Cogburn, porque es un éxito narrativo, coherente en su poesía visual y discreto en explicaciones, que nos ayuda para comprender cómo y porqué Gustavo Nandayapa suena como suena, su sentido de la cadencia que fluye como el agua bajo sus variaciones de color, sus elecciones que resultan tan naturales entre un cambio de intensidad tímbrica y una disonancia por allá que de pronto se vuelve parte de la estructura en una improvisación.
Still del documental, cortesía de Rhizomes FilmsStill del documental, cortesía de Rhizomes FilmsStill del documental, cortesía de Rhizomes Films
El documental es elegante porque no es didáctico, porque los realizadores saben que dar cuenta de la naturaleza estética de un artista necesariamente sugiere en lugar de decir, seduce en lugar de argumentar, ilustra confiando en la secuencia de los eventos. La cinematografía comienza con imágenes del gran río que atraviesa Chiapa de Corzo, el lugar de nacimiento de Tavo, y la narrativa visual se toma su tiempo en el atravesar del agua, la risa de la cascada y las interminables notas saltarinas que le han dado su música al paisaje desde un pasado incontable, las secuencias se cosen naturalmente a las entrevistas a la familia Nandayapa, una familia con una tradición de construir y tocar las marimbas que suenan en las fiestas del pueblo, sobre todo la Fiesta Grande de los Parachicos, personajes con máscara que danzan por las calles sonando sonajas elaboradas por los mismos artesanos del pueblo. En fin, no voy a contar aquí todo el documental, hay que verlo, las secuencias y la narrativa son un lenguaje imposible de transmitir en la palabra escrita, lo que sí es necesario decir aquí es que Gustavo Nandayapa es un personaje que forma parte de la escena de la improvisación libre en la Ciudad de México, una escena que se caracteriza por agrupar instrumentaciones inauditas en torno a una práctica musical sin reglas preestablecidas, y que sigue siendo, a nivel internacional, la práctica inclasificable por excelencia, que conserva toda su frescura y vanguardia, es decir, que sigue siendo la más moderna de las músicas modernas y que es como el perico que donde quiera es verde. Por eso el documental es notable y un proyecto celebrable, porque después de iniciar en el ambiente multicolor de Chiapa de Corzo y su contexto íntimo y familiar pasa a mostrar al Tavo en su contexto actual, tocando en el Jazzorca, el centro indiscutible y semillero de la vanguardia en la Ciudad de México, para luego volver a las imagenes del río, de la fiesta y los marimbistas en su taller cortando y lijando maderas y de pronto todo tiene sentido, cerrando el círculo entre la tradición más ancestral y la tradición de lo nuevo en un ritmo sorprendente, que como el pulso del mismo Gustavo nunca termina de revelar nuevos misterios. Es un aporte trascendente del documental mostrar esta historia porque su cinematografía no sólo es una propuesta del cómo ilustrar la esencia invisible de un artista de la música, además enriquece la comprensión de un percusionista importante dentro de la escena de la improvisación libre, ampliando la comprensión de esta misma escena tan diversa y compleja en sus orígenes y genealogía, esencia que Andrea Rodea y Erik Mares replicaron en el procedimiento de la producción y grabación, que lejos de tomar la distancia de una pretendida objetividad en la tradición documental, actuaron en consecuencia bajo el principio de que adentrarse en la historia de un artista es conocerlo en lo personal, mediante el recurso legítimo de la amistad adecuado a una investigación de naturaleza artística.
Still del documental, cortesía de Rhizomes Films
“Gustavo Nandayapa: devenir de un río” se presentó el pasado sábado 22 de marzo en la Casa del Lago dentro del ciclo LATAM Grita, ciclo de cine dedicado a mostrar largometrajes dirigidos y co-dirigidos por mujeres sobre movimientos musicales actuales en Latinoamérica, proyección que culminó con una improvisación entre el propio Gustavo y Misha Marks en el Espacio Sonoro de la Casa del Lago.
Un solo de instrumento se extiende, dentro de los convenios no escritos de la improvisación libre, alrededor de la media hora como máximo de duración, porque es un período de tiempo aceptable al grado de exigencia en la atención requerida por una forma sin tema, sin repetición y sin variación, periodo de tiempo aceptable antes que la concentración de un público, incluso un público preparado, divague entre las ganas propiamente orgánicas de empezar a reacomodarse en la silla, descansar el oído sometido. Pero ayer, el solo de Natalia se prolongó a lo largo de una hora y veinte minutos. El concepto de la curaduría de Marco Albert para este ciclo en el Teatro Lola Cueto se organizó bajo la palabra alemana Doppelgänger, que se traduce literalmente a algo así como “el doble que camina al lado de uno mismo”, haciendo en este caso alusión al instrumento que para un artista es como su otro, extensión de sí mismo, su reflejo y su fantasma existencial, su doble realidad que proyecta en el sonido todo lo que el cuerpo mantiene en un silencio lingüístico, y Natalia Pérez Turner se tomó el compromiso de esta idea, consigo misma y con su instrumento, con consistencia perfectamente consecuente.
Es un lugar común decir que el violoncelo es el instrumento más cercano a la voz humana, es algo que se dice por el rango de los graves a los agudos del soprano que se alcanzan en el cello con la facilidad de una expresión cantable. En el caso de Natalia, esta metáfora técnica es una realidad que desborda la tradición clásica, porque no hay parte de la anatomía del instrumento que no se explore con el arco, con los dedos y la palma o el puño. Comenzó caminando en el escenario con un arco en cada mano, rasgando el aire, apenas audible pero no era el punto, el punto era la dimensión de un espacio que desdibuja la idea de que tocar el cello empieza con estar en una silla atacando las cuerdas y termina con el silencio de la artista que se incorpora y acepta los aplausos; el punto que estaba sugiriendo Natalia discretamente rasgando el silencio con las cerdas alrededor del escenario es que la música empieza mucho antes de propiamente tocar el instrumento y no se acaba con el concierto, y tal vez sea así con otras artes también, notoriamente con la poesía, pero en virtud del evento sonoro y siendo fieles a la naturaleza de la memoria acústica la huella sonora se extiende, en tanto propiedad del tiempo, en todas direcciones, sin horizonte perceptible.
Cortesía Rafael Arriaga
Es una suerte para mí que este concierto haya tenido lugar justo en la fecha en la que se cumplen dos años de mi estancia en la Ciudad de México, que comenzó con un texto sobre Natalia, y que no es coincidencia que haya publicado hace exactamente un año atrás, el pasado veintisiete de marzo, cuando las jacarandas volvían y vuelven ahora de nuevo, otro texto sobre otro solo suyo en un ambiente punk del centro de la ciudad, ambiente que ilumina un aspecto del arte de Natalia,. Tal vez las coincidencias no existan en materia de arte. Ahora, me voy a poner un poco técnico y pido un poco de paciencia porque quiero llegar a algo: una vez sentada en su silla acomodó la pica en la base y aprovechó el toqueteó con la duela sólo un poco, lo necesario para darse cuenta que aquello era una parte no esencial o que no le interesaba tanto, comenzó con toquidos a la puerta de la espalda del instrumento y luego en el cara frontal, como un cardiólogo que verifica la consistencia de una caja torácica, y procedió a frotar con el arco sobre la cuerda de Do, la primera en el orden del cordal y en la organización cromática de la clasificación del cello en el grupo de las cuerdas. Sobre la cuerda de Do rasgó agresiva, acarició tenuemente, alargó la nota sosteniéndola pero no demasiado antes de deformarla, y una vez que decidió que la cuerda de Do había tenido suficiente pasó a la de Sol y Re, en pasos dobles, para terminar en la cuarta y última de La, experimentando en cada paso, variando la afinación, tomándose su tiempo, calando la tensión y la supervivencia de cada proposición intercalando pizzicatos y manotazos sobre el cuello, a veces en cadencias dulces y exquisitas. Todo este trayecto se caracterizó por un amplio sentido del rango dinámico sumado a la variación tímbrica en un solo glissando, que terminaba conduciendo a otro giro de la muñeca que tomó la manera de un acorde doble más agresivo o abrupto, que le daba la opción de aflautar con el arco ligero sobre el puente, y esta transformación, que es característica en Natalia en cuanto a extremo y mesura, es probablemente una de sus formas favoritas de la frase. Lo que quiero decir con esta descripción es que para la artista, caminar con su doble es conocerlo bien, tan íntegramente como sea posible, y que conocer a la perfección el propio instrumento, conocerlo hasta que ya no guarde más secretos, es al contrario de lo que el sentido común nos podría indicar de un cuerpo con limitaciones y medidas específicas, una tarea imposible. El cello siempre va seguir guardando alguna sorpresa para Natalia justamente porque lo reconoce como su sombra, y cada vez que se acerca a conocerlo mejor se descubre en una nueva dimensión armónica de ella y su persona, lo que hace de Natalia Pérez Turner una maestra del instrumento como una maestra de la confrontación consigo misma en el vacío de la improvisación libre, adentrándose en sí para escucharse y descubrir, con la dignidad propia de una artista comprometida sí con su audiencia pero sobre todo con su honestidad irreprochable, lo que en música quiere decir que no hay un sólo sonido, una sola pausa que no le sea dictada por su corazón, para lo que cerca de una hora y media apenas fue suficiente.
Te escribo esta carta porque la crítica de arte en principio tenía forma de correspondencia y porqué no ser anacrónico si la ocasión lo permite, la ocasión de tener más preguntas y ganas de dialogar que certezas bien articuladas. Ayer, a la Fonoteca fui a ver la más reciente versión de Límbica, peceras llenas con diferentes volúmenes de agua, me parece que con sensores acústicos en el fondo de cada una porque cuando les acercabas un micrófono se producía un feedback distinto de una a la otra, que en alguna producía una disonancia de un grado de distancia y en otra un armónico de una quinta justa y creo que armónicos de hasta una octava. No observo estos detalles tonales por mamón, es que creo que no son tecnicismos, me parece que en tu caso nunca lo son, la relación entre la disonancia cercana y los armónicos de la octava es la relación tensa pero estable entre lo irracional y lo racional, en sentido estrictamente matemático y en el sentido de la ratio que es la misma que describe las decisiones de una mano que se aleja mojada del agua hacia la dirección contraria, la rodilla que cambia de ángulo para permitir la longitud dorsal y alcanzar otra pecera más alta. Quiero hablar contigo del sistema límbico del cerebro, tema que me emociona porque por una razón que sospecho poca gente quiere tocar, sospecho que hablar del cerebro sigue cargando con un cierto tabú, más bien dos: el tabú del reduccionismo y el tabú de reconocer que estamos sujetos a una condición orgánica donde el alma no tiene lugar en una discusión que ha tenido siempre un lugar principal en la danza. Creo que estas limitaciones son injustificadas, primero, porque la neurología resolvió el problema cartesiano de la distinción entre cuerpo y pensamiento sin hacer tanto circo, y segundo e igual de importante, a mí me parece que el sistema límbico es el sistema poético por excelencia, que desde hace cientos de miles de años guarda la memoria del movimiento y la emoción como una misma realidad cognitiva y motriz, sin distinguirlas, así como en tu proyecto la escritura de la partitura y la coreografía son una extensión una de la otra que se originan en un cuerpo que se mueve por naturaleza, por eso creo que no hay tal cosa como un “tecnicismo” en tu trabajo, porque no hay un sólo movimiento o sonido gratuito, que para el caso son una extensión uno del otro, todo obedece a una naturaleza del cuerpo y sus relaciones… quiero decir “homeostáticas” porque es el término preciso que me ayuda para expresar una relación inmediata entre el medio interno y el medio externo, cosa que sólo he visto en el lenguaje animal, en perros, gatos, lobos. El proyecto de Límbica es perfectamente intelectual e instintivo al mismo tiempo, lúcido y delirante sin distinguir el delirio de la lucidez, entonces tengo una pregunta para ti: ¿cuando te encuentras en el medio del trance necesario, aparecen palabras en tu interior, frases susurradas? Y si es así, ¿qué dicen? Seguramente que las palabras discursivas tienen reglas que no son las mismas del lenguaje del cuerpo, pero que se encuentran por ahí, en los límites del sentido, más allá de la memoria y ligeramente lejos del alcance de la Historia, tal vez al centro de la Historia Natural, donde la realidad animal pervive, por eso no es exactamente danza ni performance, no es exactamente arte sonoro ni pura sensibilidad a la diferente fluidez del aire o el agua, es el limbo donde todo encuentra su justo lugar. No sólo con Límbica, con tu proyecto y búsqueda en general de borrar toda categoría, me parece que quieres lo imposible, y tal vez lo imposible sea el deseo más legítimo de todos los deseos concebibles,
Erick
Cortesía Manuel Enríquez
22 de marzo, 2025
Erick,
Muchas gracias por tu carta, amo la forma epistolar y creo que es un acertado comienzo para poner en común ideas al respecto de Límbica, así como encontrar un modo de lo que te venía hablando en mensajes de whatsapp, en donde esa “escritura colaborativa” desvanece una expectativa de ser una sola voz o verdad, sino el desdoblamiento de dos diferencias que se encuentran o intentan encontrarse.
Las peceras tienen micrófonos de contacto pero eso no es lo que produce el feedback, sino el acto de acercarles el micrófono de condensador y probar, moviéndolo dentro de cada pecera, a “encontrar fantasmas”. Eso le dije a Iván Naranjo cuando me enseñó a buscar frecuencias resonantes. Estábamos ahí fascinados con las sonoridades que se iban acumulando y descubriendo. Entendí que esto que aprendía a hacer me pedía otra forma de estar, otro movimiento, una contención latente de desbordamiento. Esto es porque el feedback realmente puede disparar volúmenes ensordecedores. Creo que ese estado de metaestabilidad, es de lo que tú hablabas con esa “relación tensa pero estable entre lo racional y lo irracional”. Aunque a propósito de la estabilidad, yo precisaría, que es una condición precaria, frágil, propensa estallar en mil pedazos. Quise buscar la cita de Simondon, porque de él es la noción de metaestabilidad y la define en esos registros de los que hablábamos, cuando la filosofía o la ciencia no alcanzan, parece que sólo queda la poesía. Sin embargo, me perdí en las honduras de Simondon buscando la cita, y preferí regresar a donde estamos conversando tú y yo.
No entendí esto: “el tabú de reconocer que estamos sujetos a una condición orgánica donde el alma no tiene lugar en una discusión que ha tenido siempre un lugar principal en la danza.” No entiendo bien aquí la afirmación implícita que haces de la danza y si puedes aclararme un poco más a fondo a qué te refieres o a quiénes te refieres. Yo no sé nada de alma, nunca me ha hecho mucho sentido esa palabra, y creo que tampoco me hace mucho sentido la palabra danza, o no en ese territorio de categorías generalizantes donde ya aparece un cuerpo en el aire saltando, seguramente mujer, seguramente blanca, estúpidamente delgada.
Concuerdo con tus intuiciones sobre el sistema límbico; yo también lo entiendo así: como algo, una zona, una materia, una parte de este cuerpo que somos, que se resiste a ser develado y sostiene el misterio como derecho, conectándose con una memoria ancestral más que humana.
Tampoco entiendo a qué te refieres con “se mueve por naturaleza” o “obedece a una naturaleza del cuerpo”, creo que aquí se revelan unas ontologías con las cuales no me gusta jugar, yo no obedezco a una naturaleza, ¿qué podría ser a estar alturas una naturaleza del cuerpo? ¿un determinismo cinetificista con sus relatos de categorías fijas, con sus ficciones de verdad?
Recuerdo haber leído una crítica filosófica al término científico de “homeostasis” o, quizá, un buen ejemplo para pensar en las pequeñas narrativas que cada uno de estos términos encierran. ¿Por qué el cuerpo buscaría autoregularse? Tal vez sí, hay la búsqueda de equilibrio metaestable, una tendencia hacia el placer y los afectos alegres. Pero entonces, ¿cómo abrazamos la atracción por el agua contenida en el vidrio? ¿La reducimos a un deseo desviado? ¿A una enfermedad, una perversión, un delirio? Y en ese sentido, sí, hallaste algo en esa relación delirio-lucidez que cobra sentido.
Cuando aparecen susurros seguramente serán disturbios, empezarán a juzgar si el sonido es suficientemente potente, si debería, si soy suficiente, me dicen: ¿por qué estás usurpando un lugar que no mereces? Cuando logro que las voces se disipen, fluye algo más, ahí puedo encontrarme con los seres abisales, nado junto a la bailarina española, aquel nudibranqueo hermoso con faldones elegantes y movimientos envidiables. Ahí puedo respirar bajo el agua y salir a la superficie, ahí hay un refugio para quienes amamos los limbos y los deseos imposibles.
Gracias por acercarte a ellos con tus palabras, gracias por ayudarme a bordear sentido.
Aura
Cortesía Manuel Enríquez
* “Límbica” fue presentada por Aura Arreola en la Fonoteca Nacional el jueves 20 de marzo del presente año, con la colaboración de Iván Naranjo y Jerónimo Naranjo en la asesoría de la performatividad y de la instalación sonora. Diseño de vestuario por Guyphytsy Aldalai
Cuenta una versión nuestro pasado, antes de la historia, antes incluso de la pintura preservada y milenaria en las cuevas profundas, que la coordinación de los cuerpos en la migración, en la cacería y en la disposición de los miembros de un grupo durante el sueño, es gracias a una sistematización del organismo que cuando percibe la cercanía de alguien querido libera ciertos químicos, sobre todo endorfinas y otras sustancias del bienestar y la emoción que nos han conducido a responderle en reflejo y simetría a otros cuerpos, miembros de una filiación. Aprendimos que movernos juntos nos llevaba lejos, lejos en el territorio, lejos en la Historia Natural que complacida nos ha mirado coordinándonos, y cuenta esta versión que tal fue el origen de la danza y el canto como un sólo impulso.
Ha sido un chanfle absoluto que la noción de creatividad se haya ligado inexorablemente a la idea de artista individual, con su genio susurrándole al oído la condición de su soledad, como si el habla no fuera un río en el que nos bañamos chapoteando, chispeándonos agua a los rostros en el juego de la palabra, como si la lengua no fuera un tesoro compartido, como si la Historia Natural no nos acogiera en su seno materno en tanto miembros herederos de una especie que se constituye en una familia de emociones en común. El mito de la creatividad como un acto solitario e individual no está infundado, al forjar tal mito la historia del arte meramente estaba poniendo atención a la dinámica de la institución de las Bellas Artes: un escritor a cuatro manos es una imposibilidad cuando no una anomalía, un pintor de caballete no tiene espacio ni ganas para que otra persona meta las manos, un escultor concibe su forma y le da duro con el cincel y cuando necesita ayuda no tiene colaboradores, tiene ayudantes. Incluso en la muy cercana práctica del arte contemporáneo o conceptual, que se sacudió la tradición de las Bellas Artes con un par de gestos contundentes, el artista conceptual sigue en su estudio o en los territorios que explora solo, y cuando no solo, lo que tiene son asistentes. Lo que salta a la vista en estos ejemplos es que no se trata en ningún caso del sonido, la excepción confirma la regla porque cuando la categoría de las Bellas Artes contempla la música se refiere muy explícitamente a la figura clásica del compositor, un señor con una idea privada, ejecutada por otros siguiendo una partitura con parámetros muy fijos. La colaboración al interior de la lógica de las Bellas Artes no existe, ni podría existir porque si la contemplara como una realidad legítima pondría en crisis todo su sistema conceptual e historia. La tradición de este armatoste ha hecho de la colaboración un misterio, y tal vez haya sido necesario que una persona solitaria estuviera facultada con el deseo y una capacidad inusitada para la escucha como Fernando Vigueras para desarticular el mito de la creatividad en aislamiento. Fernando es un artista sonoro que recurre a la colaboración como un modus operandi, y no solamente al interior de la escena de la experimentación sonora o la improvisación libre, al grado que incluso sus obras que podrían considerarse obras individuales, como sus instalaciones con instrumentos, sólo cobran vida cuando son intervenidas por la invitación a otros artistas o por el público azaroso que se acerca.
Para tratar el tema de la colaboración en el trabajo de Fernando Vigueras seguí un método diferente al que acostumbro: hablar con el artista, asediarlo con preguntas sobre qué, cómo y porqué, y decidí mejor hablar con artistas que han colaborado con él para hacer una especie de retrato hablado recurriendo a diferentes testimonios, reconstruir una imagen que me permitiera verlo con diferentes ojos, la mirada de Galia Eibenschutz, Maricarmen Martínez, Elena Pardo, Ariadna Ortega, Katia Castañeda, Gabriela Gordillo, Concepción Huerta, Aura Arreola, la revisión de algunos trabajos con Rodrigo Ambriz y Sarmen Almond. Hay una constante: si hay algo en común entre cada artista que colabora con Fernando es que no dejan nada fuera, hay una entrega intelectual y un compromiso visceral con su arte, con lo que tienen que decir, sin ambages, un sentido comprometido del profesionalismo, la vocación, a un grado irreductiblemente existencial, donde el virtuosismo pasa a segundo término sin dejar de estar presente.
Concepción ha trabajado durante más de diez años con Fernando, en diferentes proyectos como una instalación octofónica en el Memorial del Centro de Cultura Digital, que requirió de una preparación muy cuidadosa previa a la activación, y proyectos donde esencialmente se ha improvisado. Concepción habla, naturalmente, de una amistad larga con Fernando, pero subraya una conexión por medio del sonido, una práctica que incluso cuando es improvisada es una manera de comprenderse mediante la convergencia de un diálogo profundo. La colaboración entre ellos es particularmente curiosa por la intermediación de elementos análogos y electrónicos, ¿cómo es que sucede un diálogo profundo mediante aparatos maquínicos, programas secuenciales y amplificación voltáica? Es decir, ¿cómo es que un diálogo profundo que refleja amistad y afecto y la afinidad de un sentido muy personal de la estética sonora puede tener lugar, en apariencia, tan lejos del cuerpo, carne y sangre? Respuesta: porque son extensiones naturales de su oído interno, exteriorizaciones de un mundo íntimo que en el sonido se encuentran como se encuentran los cuerpos celestes en sus trayectorias que a nuestros ojos parecerían inauditas, pero no para la escucha. ¿Qué es la colaboración? Una cartografía celeste que aprovecha las coyunturas inmemoriales. Gabriela Gordillo, que también trabaja con cintas magnéticas y mezcladoras, me cuenta lo difícil que es en el caso de Fernando distinguir el artista de la persona, coincide con el resto de las entrevistadas en la gran apertura y generosidad como una característica de la escucha y de actuar en consecuencia. Todo empieza, dice Gaby, con una conversación, una idea pequeña que crece y crece con el continuo compartir con un horizonte de la forma que se va aclarando, método que es posible sólo gracias a la congruencia entre lo que piensa y dice, una honestidad confiable que no se encuentra todos los días. ¿Qué es la colaboración? Tomarse en serio las intuiciones propias y ajenas, dejarlas crecer como dos enredaderas que aprenden a anudarse en unos puntos y alejarse en otros en un plan conjunto a pesar de su raíz ya lejana. Las colaboraciones de la cellista Ariadna Ortega con Fernando han sido pocas, un par de veces dentro de la improvisación libre y otra vez en la instalación del Silabario; Ariadna me aclara que su convivencia ha sido mínima, no son amigos cercanos ni mucho menos su relación es vieja y sin los avatares de confundir artista con persona, y sin embargo sus conclusiones son muy nítidas y casi idénticas en la experiencia: una apertura, una confianza, la completa seguridad de que sin importar la poca preparación previa una va cachar al otro en el momento preciso, confianza que en la acrobacia escénica y la danza sólo es posible después de muchos ensayos, pero que en el campo sonoro significa que saltar sin red es la medida más segura, ¿qué es la colaboración? Una entrega absoluta a la escucha mutua.
A Fernando siempre le ha interesado el cuerpo en sí, tal vez porque entiende al instrumento como una mediación o una mera extensión, tal vez porque al entender al instrumento como una mediación sonora cualquier cosa es un medio y el cuerpo el punto de partida y llegada del evento sonoro. Katia Castañeda ha trabajado muchas veces y a lo largo de años con Fernando, Katia es una artista del performance, lo suyo es intervenir el espacio público, canalizar la potencia de su cuerpo para transfigurar el sentido de un lugar concentrándose en una sintaxis sencilla, ¿qué es el movimiento de los brazos levantados? ¿Qué significa subir y bajar una escalera? Y en estas búsquedas se ha encontrado con Fernando en una elegancia de la sencillez, pero lo importante es que cada vez que colaboran Katia es más y más consciente de su cuerpo entero como un órgano de escucha, el cuerpo sonoro como un elemento de infusión en el espacio público, y Katia observa que a lo largo de este trabajo en conjunto Fernando cada vez se mueve más, cada vez es más sensible a la realidad de su motricidad significativa. ¿Qué es la colaboración? La mutua transformación en la identificación y la diferencia.
Una vez me dijo Fernando que la voz humana era un misterio. La gran diversidad entre artistas de la voz con quienes ha trabajado puede ayudarnos a pensar este misterio en sus exploraciones de la mano de Maricarmen Martínez, Rodrigo Ambriz y Sarmen Almond. Maricarmen también me habló de transformación, porque también han trabajado durante años su amistad y sus conceptos y cada quien ha ido diversificando su camino, trayendo cosas diferentes cada vez que se reúnen, cada vez que se presentan aunque sea el mismo proyecto varía un poco, improvisar cadencias como en el proyecto Cuando el viento aprendió a hablar, aprender a sortear y aprovechar los elementos del azar, explorar diferentes caminos en proyectos ya trazados, rítmicas donde antes eran melódicas. La longitud armónica en el desarrollo interválico de Maricarmen, la visceralidad léxica de Rodrigo, tan animal, tan cercana al rugido y la ternura, la inmensa amplitud expresiva de Sarmen, tan animal también pero inclasificable, nos pueden dar la pista en el interés incansable de Fernando sobre que, efectivamente, el fenómeno de la voz es un misterio, y consiste en que el rango de la voz humana es capaz de expresar todas las realidades emocionales e intelectuales del cuerpo como una misma superficie, y para invocar todo ese universo distinto para cada artista Fernando ha recurrido, de manera muy singular, a la forma de la instalación sonora.
Sus instalaciones sonoras nunca son inertes, en una descripción sencilla consisten en ambientes con espacios abiertos triangulados por sensores al sonido y movimiento, por ejemplo, el proyecto del Silabario está armado de espejos sensitizados al movimiento, que responden en instrumentos con armónicos o pulsión de cuerdas a la aproximación de un cuerpo y el sonido, una estructura con la flexibilidad suficiente para que cada artista haga algo muy distinto con la misma instalación. Tenían que ser espejos. Reflejos. Creo que cada instalación de Fernando es un diagrama externo del mapa de su hipersensibilidad interna. La revelación, para escándalo de la psiquiatría y para complacencia de los epícureos, es que un dispositivo tan personal sea el modelo perfecto para que personas tan distintas en personalidad, disciplina y vocación se encuentren con las condiciones para escucharse y sonar en la autenticidad de una búsqueda personal, una privacidad compartida. ¿Qué es colaborar? Invocar los ecos del ser.
Para Aura Arreola la figura de Fernando ha significado un camino importante hacia la sonoridad, y Aura fue en exceso generosa conmigo en compartirme su tesis para el grado de maestría en la UNAM, titulada Intimidades radicales, que viene un montón al caso porque se trata, en lo particular, de la problemática de la colaboración en las artes, performáticas, escénicas, y en lo general, de cómo vivir en conjunto en un una sociedad que ha hecho de la competencia no solicitada una viciosa virtud. Aura comienza su tesis con un diálogo: “¿Qué te duele?— Las formas hegemónicas de lo relacional.” Aura “desea que la escritura sea un proceso menos solitario, menos sedentario y menos doloroso”, y para atravesar conflictos y obstáculos descansa sobre la calidad del asombro, y para lo aquí pertinente, sobre la certeza de que “el sonido atraviesa lo inefable”. La intervención de Aura en el Silabario, movimientos que en un principio provocaron los sensores conectados a las guitarras armadas con motores que las rasgaban o vibraban, muy rápido pasaron a ser movimientos en donde ya no es que fuera difícil distinguir si el movimiento estaba provocando el sonido o el cuerpo respondiendo a las vibraciones sonoras, es que ya no importaba, no se distinguía el estímulo de la reacción, tanto cuerpo como sonido una misma realidad, y tal vez fue así, en el principio de los tiempos, antes de que distinguiéramos canción de sentimiento, palabra de tendón, músculo y cartílago. Galia Eibenschutz es una gran performancera para el caso de trabajar con artistas de la improvisación sonora, como ha hecho con Natalia Pérez Turner y la Generación Espontánea, porque sabe aprovechar el espacio de libertad sin pauta de la improvisación, es decir, porque tiene una experiencia de habitar con calma el azar y los recursos para sostener en su cuerpo lo que en música se llama “silencio”, ¿cómo lo hace? Es tema de un ensayo aparte porque el silencio es toda una dimensión de la belleza y lo terrible en lo humano que otros animales tal vez no sufren; por lo pronto Galia señala en sus colaboraciones con Fer, en particular la intervención en el Silabario, esa misma amplitud de espacio para la experimentación y la búsqueda que es la condición de la escucha auténtica y profunda, que define la colaboración como una apertura generosa a las diferentes voces y donde eso que en términos coloquiales se llama “ego” no tiene lugar.
No es ningún capricho que Fernando haya titulado esta serie Silabario, un juego diseñado para que los niños jueguen al lenguaje, aprendiéndolo, deconstruyéndolo, una estructura donde el control, por parte de quien diseñó la instalación, es apenas un decir. Soltar el control es para los niños una dicha y para el artista tradicional la pesadilla de sus desvelos, porque en la psicología heredada y casi aún intacta del Renacimiento acerca de la creatividad Control es igual a Forma, pero Fernando, no sé si por haber estudiado la revolución científica de la teoría del caos, por su experiencia con la improvisación libre, o por la simple naturalidad de una tendencia hacia la ternura y la irritabilidad ha tenido la disponibilidad y el entrenamiento para la poesía que se encuentra palpitante en la confianza en que alguien más tenga acceso a su corazón, lleno de la música del mundo, gente que le es cercana en la amistad y gente que apenas conoce. Fernando es como esos poetas embriagados de vida del Romanticismo, que repudiaban el concepto de autoría porque sabían que la belleza no le pertenece a nadie, que afrontaban las autoridades estéticas con sorna, que detestaban la ignorancia de las masas y atesoraban la amistades, sobre todo las amistades con talento y sensibilidades afines, brincando del odio a la estupidez de la humanidad hacia el amor incondicional por sus semejantes con todo un abanico emocional entre ambos puntos, juntándolos en un círculo cromático. Un alma centenaria depositada en un corazón de niño. Por todas estas razones el asunto de Fernando Vigueras en la colaboración lo encuentro como un caso particular, ideal para pensar un problema que realmente no es un problema netamente artístico, ni siquiera es netamente humano ni mucho menos animal, ni evolutivo. Es un problema enraizado en un concepto histórico y alimentado por una mitología disfrazada de historia del arte, que se mantiene vivo y coleando porque sirve a vicios de categorización institucional y políticas culturales, cuando colaborar soltando el control es, para citar una vez más a Aura, “no una contradicción sino una paradoja audaz”.
¿Cómo, con tantas variables en juego, es el trabajo de Fer tan consistente a lo largo y ancho de colaboraciones y conceptos? La primera respuesta obvia e insuficiente es el dominio técnico, el voltaje bien calibrado, el conocimiento de los picos y las depresiones acústicas en la amplificación, la dirección efectiva del campo cuadrafónico y un olfato acústico para detectar la posibilidad de una conversación; la segunda respuesta y menos obvia es la consistencia de una emoción. La pregunta por la emoción sigue siendo el rompecabezas de neurobiólogos, conductistas y etólogos, pero siguen batallando porque la quieren resolver en términos de categorías, y la emoción fundamental de Fernando Vigueras es una mezcla indistinguible entre el dolor y el agradecimiento, la expansión y el retraímiento en un mismo glissando, y cuando he tratado de tener con él una conversación en serio nunca estoy seguro de si me está respondiendo bien o si me está vacilando, porque está jugando en serio. No puedo resumir en pocas páginas un trabajo que involucra una larga lista de proyectos, años y artistas, pero puedo mencionar tres aspectos esenciales: la amistad entendida como una mutua comprensión sonora, una capacidad de escucha que tiene el efecto de la confianza y el florecimiento, y la consecuente transformación mutua que le da lugar a una obra de arte viva, aspectos que no podrían ser posibles sin una sensibilidad a la poesía propia de la sorpresa de vivir que no podría sino abarcar todas las prácticas del cuerpo viables, incluyendo hasta el cine experimental. Elena Pardo es una cineasta que perfectamente puede improvisar en tiempo real con cine expandido, y que en sus proyectos más planeados, narrativas documentales acerca de la realidad de la extracción minera, por ejemplo, ha trabajado con Fer para lograr una capacidad de comprensión de universos emocionales distantes, que pueden ser perfectamente tonales y lindos en el sentido más tradicional y acostumbrado del término, hasta universos sonoros completamente desnudos de estructura tonal y cómodos en la lógica aleatoria de un caos invocado.
Navegar sobre aguas plácidas o turbulentas, sumergirse anfibio a las frecuencias casi inaudibles donde los pulmones se encuentran presionados por la angustia en medio de colores radiantes y subir al fluido de la ligera fricción del aire, es la capacidad y el regalo de permitirse colaborar en la apertura absoluta con artistas que hacen de su mundo la microbiología o la nebulosa galáctica, un órgano de la percepción estética que redescubre que la sabiduría no se encuentra dentro de sí mismo, sino en el encuentro con los diversos corazones por los que Fernando se permite ser atravesado, y que han hecho de él un artista indispensable.
Hay una diferencia entre los artistas jóvenes y los jóvenes a secas, ambos quieren ver el viejo mundo arder, ambos desean la caída de una obsolescencia que no los satisface, un sistema que no les interesa, la diferencia entre unos y otros es que los artistas tienen un plan, un plan que para el escándalo de la hegemonía en turno es un juego en serio.
Cortesía Raziel Photography
Las primeras veces que escuché a la banda de Torso Corso fue en los escenarios no institucionales que son los ideales para una exposición a quemarropa, y fuera de la experiencia neta y cruda de una rabia inteligente la verdad no entendí gran cosa. Los cambios bruscos pero sensiblemente orgánicos entre formas reconocibles del jazz clásico, el free jazz y el punk no confunden una intención de fondo, el golpe sólido del ritmo y la síncopa, la presencia nítida de una idea previa trastornada por la obvia intervención de la improvisación libre nomás no la cachaba, hasta que los escuché en el Parker & Lennox.
Cortesía Raziel Photography
El Parker & Lennox es uno de los escenarios especializados, junto con el Jazzatlán, el Zinco y la Casa Franca, que se distinguen en el catálogo de las opciones para los amantes del jazz por su buena barra de cocteles, restaurante, pero sobre todo por la calidad de sus artistas y la calidad de su sonido. La arquitectura acústica del Parker es lo que el audiófilo más obsesivo sueña, un lugar a salvo de sus pesadillas privadas de saturación y rebote alucinante entre techo y paredes. Fue bajo estas condiciones que por fin pude escuchar en Torso Corso la estructura de una idea fluida del compás, del ritmo, la habilidad de Ayamel, el bajista, y Eitán el baterista —miembro original que va y viene de la banda cuando Dalí anda en otras cosas— para fluir entre la estructura del blues o el jazz para escuchar las frases reflexivas, personales y poco anticipadas en el sax de María Goded, el impulso hacia el free jazz del sax de Ernesto del Puerto siempre listo para brincar al espíritu del punk, la guitarra eléctrica, hipersensible al pitch, de Emiliano Cruz, la textura del rock pesado en la guitarra de Bernardo Moctezuma que con placer pasa al jazz más idiomático en los teclados, y el confiable bajo de Ayamel que con la batería juntos son como un camaleón transfugado que soporta todos los climas. Esta mezcla se salva de la confusión, repito, por una idea del compás concebido como una estructura flexible en la genética tan cercana que se conserva entre el punk, el rock, el blues, y el jazz con el free jazz y su pariente, aunque lejano, de la improvisación libre. Haber hecho las cuentas para hacer la relación casual de los tiempos se sumó a un sentido del timbre que se soporta muy bien en este árbol genealógico plagado de influencia vanguardista, que gravita ingrávido de un momento a otro gracias a que han acordado ciertos cues, señales que marcan pautas en la estructura de cada rola y que sirven para avisar que un flujo de improvisación ha terminado o está por inaugurarse como un caudal siempre abierto al caos, es decir, a la posibilidad expandida de una organización distinta. Desde que se trata de una banda esencialmente diatónica, es el centro elíptico entre el caos organizado y la estructura coqueteando con la disonancia lo que le da su frescura y sus posibilidades de ser lo que se les venga en gana según el ánimo, por eso la misma rola nunca es la misma cada vez que la tocan. Pero lo importante no es el dato técnico, lo importante es que no son trucos para sorprender, lo importante de su búsqueda y estrategia es el gesto de autenticidad, si bien son una banda con ambiciones legítimas e inteligentes en Torso Corso no hay subterfugios subliminales ni aspiraciones artificiosas de teoría musical, es un experimento a puertas abiertas que busca conectar con su audiencia, una invitación a jugar, el deseo de que quien los escuche los acompañe en una aventura que borre todos los límites arbitrarios internos a la historia de la música, desvanezca la diferencia entre el humor y la seriedad, la tradición y la vanguardia, por eso, si bien el Parker & Lennox me dio la posibilidad de una escucha más lúcida y analítica, el ambiente natural de la banda es el escenario y público arriesgado donde una energía rasposa eleva la presión arterial y satura los oídos confundiendo el pulso de la rola con una posible arrítmia cardiaca, es un problema interesante que no se requiera de la alta definición para escuchar el corazón de un proyecto que sólo puede ser posible tomando la amistad como punto de partida, porque sólo la amistad permite la coherencia en la contradicción como un plan sostenido.
Cortesía Raziel Photography
¿Qué es la amistad? La respuesta clásica en la historia de la filosofía es la que le dió Epícteto al Emperador Adriano: Concordia, el vocablo latino que alude al órgano cardíaco y que se traduce al español como Armonía. Las relaciones entre forma musical, en un ensamble instrumental que carece de frontman o protagonista, los juegos de timbre y el amor al ritmo y la disonancia responde a la pregunta por la amistad, en el muy particular caso de Torso Corso, como una conversación entre las diferencias, una identificación que acentúa las individualidades para permitir que cada quien desarrolle su propia voz en compañía. Tal vez la pregunta por la amistad varíe con la edad, cuando somos niños la amistad es el accidente de la cuadra y la escuela, con la adolescencia ni me quiero meter porque la presión social y las hormonas lo hacen todo muy confuso, en la juventud acaso sea la búsqueda y en la edad madura las ganas de persistir en el sueño de una búsqueda ya perdida que se quiere seguir encontrando, en la vejez acaso la amistad sea como en la niñez, el accidente de compartir un pastillero y un pasillo. La historia de Torso Corso es particular también en este sentido porque algunos se encontraron desde niños porque sencillamente vivían cerca, otros se toparon durante la adolescencia en un concierto de The Cure, ahora tienen el gusto por los libros y el cine en común, y todo eso se traduce en una manera de sonar que me tiene un tanto impaciente de escuchar qué van a hacer después.
Hace algunos años mi hermana, muy involucrada en la educación de sus pequeños, me invitó a una exclusiva reunión de maestras especializadas en pedagogía constructivista congregadas en torno a la persona de Jerome Bruner, pionero de la psicología cognitiva, figura fundamental de la enseñanza para niños en los Estados Unidos. Como cualquiera frente a su héroe, le abrumaron con preguntas acerca de la creatividad, de lo que puede y debe enseñársele a los niños, de la naturaleza de la formación; Bruner, como cualquier héroe de leyenda, sencillo respondía con anécdotas, elipsis, parábolas y chistes. A la pregunta por la creatividad respondió que cuando era un adolescente se juntó con sus amigos para competir en la gran carrera en bote alrededor de la isla de Manhattan. Desarmaron el motor para recubrir con teflon los cilindros, mezclaron la gasolina con jabón para trastes y pulieron la proa hasta dejarla filosa como cuchillo cebollero. Ganaron el primer lugar y dejaron el bote inservible. Una de las maestras, tal vez desesperada por una respuesta directa a sus inquietudes, le dijo que en su colegio se esforzaban por inculcarle a los niños tres valores: la ética, y otras dos cosas por el estilo. Jerome esuchó con atención, se tomó su tiempo y respondió: “Como educadores tendemos a ser muy arrogantes, confiados en nuestra autoridad y la aparente atención que los niños nos prestan, confiamos en que el sentido de nuestras enseñanzas echará raíces en sus mentes, pero la realidad es que no tenemos ningún control, el verdadero aprendizaje sucede entre ellos mismos, en sus juegos entre ellos, cuando nosotros meramente observamos e incluso cuando no los observamos.” Procedió a disculparse por no estar vestido para la ocasión de un lugar tan elegante, lamentarse que la reunión no incluyera un grupo más amplio de interesados, y el sonido de los caballos nos llegaba desde alguna distancia.
En mi búsqueda para aprender a aullar como un lobo Sarmen Almond me contó que en sus peripecias por la voz su aprendizaje empezó, como el de la inmensa mayoría de estudiantes de canto, con una especie discreta de la tortura, la disciplina basada en el error y el acierto, el rechazo y la aceptación, al piano la exigencia de seguir los acordes, y Sarmen brincó entre la decepción y el entusiasmo de un maestro a otra hasta que cayó con una tal Hebe Rosell, que la recibió con una sonrisa en su sala poblada de peluches, fotografías de su papá, símbolos y un cartel pegado a la pared que decía “Allí donde está el peligro también crece lo que salva”. Sarmen volteó alrededor y le preguntó, pero maestra, ¿dónde está el piano? Hebe le respondió con otra sonrisa y otra ternura y dijo “¿piano, cuál piano? Cuéntame, ¿qué poetas te gustan?” Sarmen me aconsejó que buscara a Hebe porque donde el apóstol San Juan escribió que en el principio era La Palabra, donde Goethe dijera que en el principio fue el acto, Hebe afirma que en el principio fue el aullido. Hebe concluyó sus sesiones con Sarmen diciéndole: busca Roy Hart.
La escuela de Roy Hart se origina en una anécdota que vale la pena contar una y otra vez, insistir en ella como si fuera una parábola porque tal vez en ella se encuentre el misterio de la voz y su transmisión: Alfred Wolfsohn fue reclutado por la armada del Imperio Alemán durante la Primera Gran Guerra, su trabajo como camillero llenó sus oídos con los gritos de dolor de los heridos y moribundos. Al regreso de la guerra no podía conciliar el sueño, los gritos de dolor, la vocalización por excelencia que articula todos los esfínteres del cuerpo, se anidó en su oído interno con la fuerza de alucinaciones acústicas. Se le diagnóstico con estrés post-traumático, lo que en aquellos días se llamaba “shellshock”, y Wolfsohn intentó con psiquiatras, terapeutas, hipnosis, sin poder acallar los gritos. La guerra, el sonido, la voz. Quién sabe qué pueda ser peor, si las alucinaciones visuales o las acústicas, pero Wolfsohn, por inspiración o desesperación, un buen día abrió la boca y dejó salir todo aquello que escuchaba, los gritos, el desagarre, una ex-presión en el pleno sentido del término, y el tormento cesó. Las voces que lo acosaban cesaron mediante su expresión como en un exorcismo, volvió el placer de vivir, el silencio en el que podemos escuchar la voz de los demás sin invasión indeseable, el regreso del sueño reparador. Con el ascenso del nazismo, Wolfsohn escapó a Londres y fundó un centro para el estudio de las capacidades terapéuticas de la voz con la sorprendente revelación de que los cantantes que trabajaron en su taller ampliaron el rango de su registro hasta cinco octavas, comprobando su tesis de que la voz es capaz de expresar el rango completo de las emociones humanas. Wolfsohn quiso establecer contacto con Jung, sin éxito. Lo peculiar en la experiencia de Wolfsohn es que sus repercusiones no encontraron suelo fértil en el campo terapéutico, sino en el campo de las artes escénicas, el canto y el teatro, y fue así que el actor y cantante Roy Hart se encontró con Alfred Wolfsohn, se fundo una escuela, una comunidad, una tradición.
Hebe recibe al grupo con una sonrisa, un abrazo y un mezcal. Nos habla de su padre ciego: cuando ella era una niña pequeña en alguna ocasión tenían que bajar del autobús y ella lo guiaba por las escaleras de descenso, la lentitud del tacto y los titubeantes pasos sobre los desniveles impacientaron al chofer que comenzó el movimiento, el tropel de los pasajeros acrescentó la presión hacia el empujón y la niña ante el temor de ver a su padre caer abrió la boca y gritó, un grito largo y compulsivo que requirió todo su pequeño cuerpo y frenó los empujones, frenó el autobús, detuvo el tiempo entero para que su padre encontrara el espacio y descendiera hacia la tierra firme. Nos cuenta su historia porque se trata de la voz. Se trata del cuerpo entero involucrado con toda su historia en la presencia. Antes que instruirnos en la entonación, el solfeo, las escalas, nos cuenta su historia para decirnos que la voz encarnada se trata de la defensa de lo que se ama. Hebe nos habla también de su experiencia con la dictadura militar en su natal Argentina, los grupos de resistencia comunitaria que se reunían para hablar, para cantar, para darse el sonido y compartirlo, siempre bajo la posibilidad de una redada, de un bombazo, de una desaparición forzada. Acudían a las reuniones con la voz presta para darse fuerza y escucha, la voz lista para ser levantada y contestar, con sus niños en los brazos, con un arma entre la ropa, porque sabían que la fuerza de la dictadura militar es su poder de silenciar. En una ocasión interrumpió nuestra sesión de clase con una súbita inspiración urgente y nos dijo denme un minuto que tengo que leerles algo muy importante, salió de la habitación para volver con un libro de poesía en una mano y una fusca en la otra, invirtiendo la lógica de la militarización, acentuando la naturaleza de la palabra como un riesgo vial. Toda la intención de Hebe Rosell, en sus cuarenta y cinco años de enseñanza, puede resumirse en su insistencia en que la voz sólo tiene sentido en el compromiso del amor hacia los nuestros y la rabia política, indivisa, por eso a veces se desespera y nos dice con la prisa obligada de la edad avanzada que entendamos de una vez que el alma nace en el piso pélvico, en el tambache, la ética de su pedagogía es necesariamente política y erótica porque sostiene la lucha por la vida incluso y sobre todo ante la muerte. Por eso su pedagogía es tan particular, que tal vez ni siquiera pueda llamarse así, porque con mayor precisión lo que Hebe hace con sus alumnos merece el nombre de lo que la escuela lacaniana llama “transmisión” y no enseñanza, porque la enseñanza implica una jerarquía y la transmisión sucede en el intercambio de las cosas que sabemos sin saber, y lo que se transmite no es un conocimiento, es un objeto, el objeto de la voz.
Dice Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística moderna, que la lengua es un río, nuestro momento de la palabra es un instante dentro de ese flujo, una mano que se alarga para tomar un puñado de la corriente, y que por lo tanto no existen lenguas más antiguas unas que otras, toda lengua, toda habla actual es un momento que ininterrumpidamente comenzó cuando los humanos abrieron la boca para por medio de la voz alertar sobre un peligro, llamar a alguien que se amaba, susurrar con el cálido aliento cerca del rostro de una cría el sentido de una presencia. La voz humana, como el aullido de un lobo que convoca a los suyos, es un curso milenario que sólo puede entenderse en la realidad de un cuerpo, miembro de una especie, heredero de un pasado, que tiene un presente sólo en la medida de las fibras, nervios y tendones memoriosos que conservan inculcadas las experiencias sonoras de una Historia Natural. Pero en nuestra historia la voz es una de esas practicas corporales que han sido objeto de una educación corporal, un condicionamiento social, una educación organizada alrededor de una inhibición fundamentalmente sexual: la idea de que lo que sale de nuestros orificios corporales y sus órganos de secreción representan una contaminación, saliva, eructo, bostezo, que sólo se pueden exhibir y exponer bajo condiciones de privacidad pidiendo disculpas, que la palabra no es más que una idea abstracta manifestación exclusiva del cerebro. Enseñar una realidad del cuerpo es, en muy buena medida, sacudir una formación, y Hebe nos sacude muy literalmente: Con una sacudida de sus manos en la espalda baja y unas frases que nos guían hacia un saber desconocido nos explica de un manazo lo que los lingüistas se la pelan tanto para explicar, que dar la voz es dar el cuerpo, y por eso es recibir, que la naturaleza de la voz es circular, hablar con la verdad profunda y hacer el amor es una distinción meramente formal que se articula de todas las maneras en la fisiología de la cadera. Hebe Rosell entonces insiste, nos insiste desde que llegamos hasta el final de la sesión en una sola cosa, ya sea que estemos haciendo un ejercicio individual, grupal, o que sólo estemos escuchando, toda su intención es una sola y siempre la misma: persistir en que seamos conscientes de que tenemos una cadera, una cadera que organiza y que contiene las vísceras del intestino y los órganos sexuales, la red de músculos y tendones que organizan la salida del cuerpo y el soporte, un diafragma que bajo las condiciones más primitivas y atávicas se conecta por nervios y sistema muscular y óseo al diafragma encargado de la respiración, techo de los intestinos y cama del corazón, vecino de los pulmones que encuentran su salida y entrada a través de la traquea y en la boca, la boca con la que besamos, mordemos, saboreamos y finalmente exhalamos.
Lo extraordinario de las artes del cuerpo es que no pueden documentarse en cintas magnéticas o dispositivos digitales, la transmisión de una manera de expresarse en el cuerpo sólo puede ser transmitida por otro cuerpo, la historia del canto y la danza es literal y materialmente el grupo de alumnos y maestros que viven y perviven en sus enseñanzas de una generación a otra, el archivo de la escuela Roy Hart son las personas que transmiten su experiencia y por eso son tan renuentes en llamarlo una “técnica”. No se aprende leyendo libros y viendo videos, se trata de darle cuerpo a un pensamiento, de pensar con el cuerpo entero, una experiencia de enseñanza que no tiene lugar dentro de la cátedra, que no puede tener lugar en una posición del saber de un lado y la ignorancia del otro; la transmisión sucede porque la pura presencia de Hebe ya te enseña algo, porque no se le mueve un pelo si no es con una intención vital de tratar de compartir su experiencia y su talento y don consisten en saberlo dar con una mirada tierna, con un gesto agresivo de la mano, con su cercanía o lejanía, y que por lo tanto es un acto de responsabilidad. No hay ninguna metafísica, ninguna espiritualidad a no ser que entendamos la experiencia animal como una experiencia del espíritu, porque se encuentra en los límites de la palabra.
Hebe nos habla de su padre ciego como una de sus experiencias formativas porque así aprendió que el tacto y la voz son una extensión uno de la otra y viceversa, algo que curiosamente ya sabemos, y que luego aprender se trata más bien de recordar la experiencia del cuerpo de un bebé que tiene perfectamente conectada su sonoridad del balbuceo, el grito y el llanto articulando los músculos de la exhalación, vientre, pecho y espalda, con un empujoncito de la cadera y los pies apuntando hacia el abdomen. El talento natural de Hebe Rosell consiste en su efectividad para enseñar a recordar, recordar mediante ejercicios grupales que el sonido sólo tiene sentido cuando se dirige a alguien que nos significa, una constitución animal, gastrópoda, animales con una boca y un ano, la historia de una especie que aprendió a dar el sonido para sobrevivir en grupo, y Hebe nos subraya en que una vez que se experimenta la voz como una fuerza necesaria que nace desde el fondo de la cadera y resuena hasta el cráneo esa voz transforma a quien la emite y a quien la recibe, y que no hay vuelta atrás, así como cuando se experimenta el amor, como cuando se conoce la muerte, ya no se puede volver a entender la palabra sin una carga mínima de poesía, es decir, de un pensamiento sonoro incorporado, un compromiso consigo y con lo que se ama, un derecho profundo a la indignación política.
Esta semana no tuvimos clase porque Hebe se fue a Baja California a dar un curso de canto en presencia de las ballenas, las ballenas que no distinguen el canto de la palabra, las ballenas que no distinguen la prosa de la poesía porque son embajadoras del mar del que salió toda vida mamífera y sobre la superficie y en la profundidad el concierto de sus armónicos es un registro que nunca ha olvidado la dignidad absoluta de la majestad involucrada en vivir para amar, cantar.
La historia de la geología moderna comienza con una anécdota: James Hutton, un geólogo y poeta escocés en una expedición al norte de su tierra y ante el mar se encontró con una estratigrafía desnuda por la intemperie, una serie de capas acomodadas de una manera que no hacían sentido al sentido común de la geología clásica. En el arrecife ante Hutton se cruzan dos estratos con más de cien millones de años de distancia, formando un ángulo. Esta prueba de que la Tierra mueve sus capas de piel constantemente, del pasado lejano hacia la superficie y viceversa, fue bautizada como la “Inconformidad de Hutton”, y ahí también nació la descripción, propia de un poeta, de que en los registros de la Tierra no puede encontrarse el vestigio de un principio ni el prospecto de un final. Esta experiencia estética y científica, desprendida de la pura observación desnuda, es expresiva de una cualidad intrínseca de las rocas para expresar su historia, cualidad que se encuentra con una sensibilidad de nuestra especie que está lista para escuchar.
La revolución geológica, es decir, la revelación del tiempo profundo, el descubrimiento de que los sucesos geológicos se miden en miles de millones de años, no se encuentra dentro de la lista de las grandes revoluciones, como la copernicana, la darwiniana o la freudiana, sencillamente porque es más difícil de aceptar. Creo que la revelación del tiempo profundo no está asimilada en la cultura porque es más difícil de aceptar que el tiempo de la Tierra se mida en cantidades de tiempo en las que no jugamos ningún papel, que una roca que nos encontramos tirada en un camino sea muchísimo más vieja que toda nuestra línea ancestral multiplicada, mucho más lejos de las capacidades de nuestra imaginación. Pero las rocas, a cambio de una mínima atención, le hablan a una subjetividad que intuitivamente comprende, consiente en el regalo del tiempo escrito dentro una roca como un haikú, Ingrid Buendía entiende que en el misterio del tiempo de una roca en la palma de la mano cabe toda la existencia, toda la historia, toda la memoria, toda la poesía del mundo.
El trabajo de Ingrid Buendía ha ido transformándose, metamórficamente deslizandose de la escultura en talla de mármol a la comprensión del cuerpo de la roca en un sentido más anatómico, hacia la sensación atávica de reconocer la historia de su propio cuerpo en consonancia con el cuerpo de una roca. El trabajo de Sofía Escamilla con el cello ha transcurrido un camino parecido, dialogando con el cuerpo del instrumento como una resonancia de sí misma. Era natural que se encontraran. Encuentro natural, pero poco común. Tal vez por la división arbitraria entre las artes, lo más corriente es que se invite a una artista del sonido, a algún instrumentista o artista del performance a activar una exhibición en alguna galería o espacio, a veces porque el artista exhibiendo sus piezas conoce el trabajo sonoro de otro artista y le parece encontrar coincidencias en la búsqueda y le parece pertinente el acompañamiento, la mayoría de las veces por pura estrategia para reanimar una convocatoria y atraer público y amenizar con un performance la clausura de la exhibición. Lo que no es usual es que una artista, que se puede identificar como escultora, artista conceptual y performer, se una a una artista del violoncello para construir juntas una obra que nacerá de sus gestos recíprocos, que auténticamente una forma provenga de la otra y viceversa, una obra que es escultura en proceso, performance, arte conceptual e improvisación libre al mismo tiempo. El pasado sábado, en la adecuada terraza de un jardín de árboles bonsai, ambas artistas nos mostraron con elegante sencillez que todos estos aspectos del arte pueden confluir, con honestidad y sin artificio, como un sonido consonante con otro que parecería más alejado, como una capa de tierra de antigüedad más allá de la memoria que se encuentra con otra muy reciente.
Las herramientas que se usan para la exploración geológica hablan de nuestra relación con una historia que nos sobrepasa y nos incluye, la diferente reacción de una roca volcánica y de una caliza ante la lija o el químico, el martillo o la pica, son como las herramientas del anatomista que hablan de nuestra relación con el cuerpo humano, su disección, estudio y cuidado y transformación. La toma de la pulidora y la cortadora, el ponerse las gafas protectoras, la ropa y guantes para manejar la roca, implican todo un ritual, que Ingrid hizo parte de su performance. Comenzó a frotar una obsidiana contra una piedra de río, un producto de la lava cristalizada y un producto del linaje milenario en el correr del agua, produciendo un traqueteo discreto al que cello de Sofía respondió con una profunda ventisca y sibilante a ratos, cuando Ingrid pasó a tallar con lija un largo fragmento de recinto volcánico con un sostenido sonido seco y vibrante las cuerdas respondieron con un traqueteo de fondo y agudos apretados sobre el puente, ambas sin dejar de mirarse, atentas entre sí, tal y como se escuchan los artistas de la improvisación, las artistas tomaron las decisiones de intensificar la fricción, la roca volcánica calada de intemperización sufrió la entrada del pulidor eléctrico y el cuerpo del cello vibró hacia los armónicos con la ayuda de los pedales para una imagen amplia y me dije así debe ser el sonido del tiempo profundo, así debe ser la canción de las transformaciones constantes y entrañables del planeta. Ingrid tomó el martillo y percutió la lutita, roca sedimentaria de limo y lodo solidificado a lo largo de mil años, con el sonido sordo y consistente de sus vibraciones la cuerda de Do del cello se reventó y la acústica sonora de la realidad de la roca y de los cuerpos involucrados, carne y huesos, víscera y sílice, acabó como comenzó, con sonidos discretos deslizándose entre el silencio y la vibración, sin sugerencia de un final, sin vestigio de un inicio.
El polvo desprendido de la epidermis de la roca por la lija o el martillo, la pátina del tiempo que se volatiliza y cae sobre el cuerpo de la artista es la parte visual y muda de este diálogo entre cuerpos que comprenden el tiempo de manera desproporcionada entre la fragilidad y la consistencia. La pulverización visible y respirable del manejo de las piedras fue consistente con la vibración audible sólo de manera presencial, sensible en partes del cuerpo que no son el oído, es decir, la escucha epidérmica de las vibraciones del violoncello. Si un concierto de improvisación libre es necesariamente un evento sonoro presencial, en un performance que es por partes iguales la imagen visual de una relación de un cuerpo con la roca y la imagen acústica de su dimensión la importancia de la presencia se subraya. El tiempo, esa misteriosa partitura de fondo para la música, el tiempo, la misteriosa síntesis escrita en la roca, se hizo explícito y expresivo en una obra de arte fugitiva en apenas unos minutos que con efectividad, ciencia y emoción, nos hablaron de nuestra historia y de la memoria de la Tierra.