Las cuerdas vocales y las cuerdas de la guitarra eléctrica no tienen ninguna relación anatómica aparente, por un lado el diafragma, la garganta y la boca, por el otro el cuello de la guitarra, la pastilla y los tensores, no se asemejan entre sí como podríamos decir que un clarinete o un violín imitan la voz humana en sus octavas y mecánica, y sin embargo la experiencia musical del encuentro entre Rodrigo Ambriz y Emiliano Cruz expresa una vecindad y en ocasiones hasta una identidad. En la grabación de este casette, la guitarra eléctrica y la voz humana se encuentran mediante una estrategia del rugido, de la quijada gorgoreante bajo la lengua retraída y hacia la garganta en fricción con el aire, del acero rugoso de las cuerdas borboteante y hacia la tensión que se eleva puntiaguda, existencia sonora sobre el principio de que somos seres de voltaje, el extraordinaro fenómeno de que en términos acústicos el voltaje y el aliento frasean muy parecido, y a ratos de plano igual. En esta grabación, publicada bajo el sello de Afasia, el voltaje se deja sentir.
Un proyecto que involucra a un artista de la voz como Ambriz, que puede sin esfuerzo improvisar al lado de un sax como el de Germán Bringas, y a un artista como Emiliano, que puede él solito llenar todo el escenario con la carga de sus explosiones, nos podría prevenir con la idea de un ruidazo conmocionante, pero la potencia de lo que tienen que decir juntos no los llevó a escupir ni a apresurarse, se tomaron su tiempo, se escucharon. Potencia modulada, se podría pensar, por tratarse de una primera experiencia improvisando juntos, los modales propios de conocerse en el estudio de grabación, pero yo no creo que los encuentros en la improvisación sean un protocolo, más bien, conocer a alguien en la improvisación es conocer a alguien y punto, en la ausencia de las trivialidades propias de la convivencia social. En la impro las posibilidades de amistad, las confluencias sonoras, las afinidades electivas, se revelan inmediatamente en una intuición predestinada como dos niños que se conocen y ya se prestan sus juguetes más preciados, y con el tiempo esa primera impronta no hace más que irse afinando, concentrándose y expandiendose como una nebulosa. Por esta sencilla razón, la edición de “Caer como el sonido” no se siente como su primera colaboración, y es una razón sencilla como todos los misterios que valen la pena pensarse, que prometen en su simplicidad inextricable revelarnos secretos del espíritu y la carne en la que se esconde. El conjunto de las rolas es crudo y elegante, elegante por lo directo e inmediato, crudo porque no es repetitivo. “Su destino frente a la tierra” es una pieza miniatura armada por completo de la exhalación y la prorrupción de los labios y la garganta oclusiva, con el micro muy pegado a la boca abierta, las manos pegadas a las cuerdas y la digitación cerrada, discreta, una pequeña joya en contraste con “Su destino frente a la piedra”, la rola con la que abre la grabación en la libertad de los guitarrazos explorativos y la delicadeza de los tintineos minúsculos de Emiliano, los gatunos silbidos babosos de la boca y viscerales del léxico de Ambriz.
El léxico de Ambriz está poblado de palabras que empiezan y terminan en consonantes, la ï de un rugido apagado, la äo de un grito ahorcado por las erres, un léxico análogo a la vocalización natural de la guitarra eléctrica, y digo léxico y digo palabras porque las vocalizaciones de Ambriz son un claro universo sintáctico: una de las características de Ambriz es un universo verbal poblado de significancia exhaustiva, más acá del animal y el grito del niño, más allá de la conjugación de los tiempos y del otro lado del símbolo. Las relaciones de Emiliano con el silencio, con el rango armónico que va desde el bajo profundo hasta el puntillismo cristalizado de la cuerda reducida al mínimo de su extensión, con las pausas y la suspensión, y no sé si esta realación escandida de silencios sea una consecuencia de la relación performática que tiene Emiliano con el cuerpo de la guitarra, que se originó en la danza Butoh, o viceversa, pero no importa qué fue primero. La danza en general es una posibilidad de la fluidez, de los fluidos internos al cuerpo en comunicación con el medio fluido del aire, la inversión de la gravedad, y por lo tanto una expresión de lo que es o lo que puede ser el tiempo, y en ninguna danza como en el Butoh es más evidente que el cuerpo puede ralentizar el tiempo, suspenderlo, estirarlo, apretarlo y liberarlo. Ambriz es también muy cercano al Butoh en sus proyectos con Raquel Salgado, que le han mostrado cómo la voz se origina desde los pies buscando el soporte en la tierra para vibrar desde las piernas a la cadera, el sostén del diafragma y la caja torácica hasta las manos que en los dedos en el aire convocan la vibración buscada en las cuerdas vocales para salir por la cavidad a bucal. Es por esto que las pausas en la grabación no suenan como silencios indicados como inactividad en una partitura, suenan intensamente contenidos a punto de reventar por fuera de toda indicación de compás, la intensidad silente es consecuencia del movimiento nervioso y muscular de ambos artistas que está sucediendo por fuera del registro magnético de la cinta.¿Qué es el movimiento del cuerpo sino una extensión del sonido en el espectro físico? ¿Qué es el sonido sino una extensión de los nervios y los músculos oxigenándose en su existencia continuamente interna y externa? Tierra y piedra y sangre. “Caer como el sonido”, la rola que da el título al casette, caída espesa, pesada y rocosa, saturada en los armónicos bajos, es una muestra de la concentración dinámica de la lentitud, de la serenidad inquietante de una meditación profunda a duo que suspende la realidad en las fibras del cuerpo mediante una extrañeza de la realidad auditiva que es mucho más que meramente craneal, y una muestra de la seriedad inspirada en la experimentación sonora de estos dos artistas, que no requiere de muchos recursos tecnológicos para llevarnos a dimensiones espirituales netamente cárnicas y sanguíneas.
Erick Vázquez

