La voz humana a la distancia

No se parece a nada. No tenemos ningún antecedente con qué compararlo efectivamente. La metáfora de la guerra -porque es una metáfora, y no una analogía- es incorrecta y sólo nos conduce a comprender menos; si Agamben, Preciado, Zizek y otros nombres no hacen más que repetir sus teorías usuales ante una realidad que las demuestra inadecuadas es porque hay algo en la circunstancia actual de un virus que se resiste a ser pensado con esas herramientas. Las teorías de a quienes recurro tradicional para entender el presente las encuentro rebasadas y hasta irresponsables, como el texto de Preciado en El País el pasado 28 de marzo:

Los Gobiernos llaman al encierro y al teletrabajo. Nosotros sabemos que llaman a la descolectivización y al telecontrol. Utilicemos el tiempo y la fuerza del encierro para estudiar las tradiciones de lucha y resistencia minoritarias que nos han ayudado a sobrevivir hasta aquí. Apaguemos los móviles, desconectemos Internet. Hagamos el gran blackout frente a los satélites que nos vigilan e imaginemos juntos en la revolución que viene.

Es inconsecuente y mesiánico convocar a que dejemos de comunicarnos entre nosotros con la finalidad de que cada quien en su encierro imagine la revolución que viene. Soy crítico de arte, por mis propios recursos poco entiendo. Mi manera de comprender suele ser la de hablar con los artistas, y con mayor frecuencia con aquellos a quienes me ata un lazo de amistad, por la sencilla razón de que los oficios del arte y la crítica, en la medida en la que distinguen con dificultad la vida pública de la privada, obligan a una congruencia. Llamé a mi amiga Elisa, ensayista y guitarrista, con la que había perdido el contacto durante años (eso hace una catástrofe en su proximidad, relativiza la distancia así como la gravedad curva el paso del tiempo). Esa ausencia larga en la espera mientras timbraba intermitente la llamada se traducía en no saber qué esperar, qué decir, cómo iba reaccionar después de tanto año, pero en cuanto escuché su voz toda incertidumbre se desvaneció y ya sólo éramos como siempre. La amistad se distingue de cualquier otra relación en la velocidad con la que se actualiza, que es parecida a la velocidad de la luz, tan rápida que parece instantánea. Pero no se trata sólo de la velocidad con la que el lazo amistoso actualiza el sentido y las afecciones, fue el timbre de su voz el que organizó años de ausencia y miles de kilómetros de distancia. Hay algo en el timbre que es indisociable a la identificación y al sentido que permite el intercambio de las voces.

Teléfono es una palabra muy nueva, el vocablo Tele-phoné se traduce, literalmente del griego, distancia-voz humana y fue usado por Alexander Graham Bell para bautizar su invención. En el 10 de marzo del 1876, Graham Bell escribió por la noche una carta a su papá, Melville Bell, en donde le decía:

Un discurso articulado fue transmitido de manera inteligible esta tarde. He construido un aparato nuevo operado por la voz humana. Por supuesto, no está terminado aún, pero algunas frases pudieron entenderse. Me encontraba en la habitación del instrumento transmisor y el señor Watson en otra habitación, con el instrumento receptor, lejos del alcance del oído. Llamé por el transmisor “Sr. Watson, venga aquí, necesito verlo”, ¡y vino! Este es un gran día para mí. Presiento que por fin he dado con la solución a un gran problema, y el día está cercano en el que los amigos podrán conversar sin salir de casa.

Le escribía a su padre, pudo haber dicho “padres e hijos”, “socios y hermanas”, pero decidió escribir “los amigos podrán conversar sin salir de casa”. Ese mismo año Graham Bell fundó lo que más adelante sería la Bell Telephone Company, registrando los primeros dos números telefónicos de la historia, el No. 1 para su propio estudio, y el No. 2 asignado al domicilio de su amigo y colega, Thomas Watson. En 1914, más de tres décadas después, Graham Bell realizó la primera llamada de larga distancia, de Nueva York a San Francisco, esta vez con la prensa y el gobierno presenciando de ambos lados la conexión. Graham Bell, consciente de que la Historia lo escuchaba, quiso repetir su ya famosa frase: Mr. Watson, come here. I want you. La historia del teléfono está ligada a la historia de la amistad.

Es una circunstancia un poco distinta la del teléfono moderno porque los aparatos con los que cargamos son algo más que un teléfono, como artefactos de voz despiertan ya sospecha, preferimos textear o en su defecto enviar un audio, pero aún así se trata de la voz humana, mientras leemos los textos escuchamos al interior la voz de quien los escribe. En todo caso la línea telefónica – las frecuencias de los celulares pasan por líneas- replica la historia de una etimología. La raíz indoeuropea distingue claramente el origen de cuerda, *ǵʰer-, que pasó al griego arcaico chordé para referirse a los intestinos estirados que servían a los instrumentos musicales, un acorde un conjunto de tripas tensadas al mismo tiempo; el origen de corazón es por su parte nítidamente ubicado en el indoeuropeo como *ḱḗrd, que pasó al griego antiguo como kardía y de ahí al latín Cor, corazón. Hasta ahí la raíz de las palabras es distinguida con claridad, pero ya desde muy temprano ambos sentidos empiezan a trenzarse. Para dar un ejemplo ilustre, cuando el emperador Adriano le preguntó al filósofo Epicteto qué era la amistad, éste respondió: armonía. Quid es amicitia? Concordia. Ya en el latín clásico Concordia significaba literalmente la afinidad de los corazones, pero en el uso designaba el moderno “armonía” en sentido musical, es decir, una consonancia de cuerdas. El moderno español cordura tendría que ver con una relación al corazón, pero también con la cuerda que resuena, como en un recuerdo.

No hay mamífero que en un encierro prolongado no se empiece a dar de topes contra la pared. Es el teléfono, la phoné y no la imagen visual, lo que en el actual aislamiento le otorga sentido a mi realidad inmediata, la voz humana, la de los semejantes, la resonancia con la que me identifico. Si ahorita me preguntaran ¿Qué es la amistad? Respondería: La cordura. Una cuerda que nos mantiene en línea, una línea fonética que nos permite pensar incluso lo impensable de una realidad sin referencias inmediatas.

En 1927 se hizo la prueba de la primera llamada trasatlántica. Desde que se trataba de un ensayo técnico no se involucraron grandes personalidades, pero se conservan las voces anónimas de los ingenieros en la Librería del Congreso de los Estados Unidos, transcritas por Cary O’Dell. Una voz con acento americano pregunta ¿Me escuchas? ¿Me escuchas? ¿Me escuchas mejor ahora? Otra voz con acento inglés le responde y hablan un poco sobre el clima, llovía en Londres y el sol brillaba en Nueva York. En un punto de la conversación el americano dijo: Distance doesn’t mean anything anymore. We are on the verge of a very highspeed world…¿Qué es una línea? Es difícil de describir porque la respuesta corta es que se trata del espacio en sí, es decir, una densidad igual a sí misma, una superficie. Mi amiga Renard, pintora y filósofo de oficio, me ha ayudado a entender porqué Euclides para definir lo comprendido entre dos puntos escribía γραμμὴ, un “trazo”. Una línea es la expresión de su ocupación en el espacio, el sonido es la materialización instantánea de la distancia, la voz humana es la procesión armónica de la presencia; una línea que, hasta donde entiendo, opera de esta manera exclusivamente dentro de los límites de la amistad, y que no podría corresponder por ejemplo a las instancias del amor, las de la sujeción de una pareja en particular. Barthes, en sus Fragmentos de un discurso amoroso, desarrolla el fenómeno de la llamada telefónica entre amantes:

A Freud, al parecer, no le gustaba el teléfono, a él que le gustaba, sin embargo, escuchar. ¿Tal vez sentía, preveía, que el teléfono es siempre una cacofonía, y que lo que deja pasar es la mala voz, la falsa comunicación? A través del teléfono, sin duda, se intenta negar la separación —como el niño que al temer perder a su madre juega a manipular sin descanso un cordel—; pero el cable del teléfono no es un buen objeto transicional, no es un cordel inerte; está cargado de un sentido, que no es el de la unión, sino el de la distancia: voz amada, fatigada, escuchada por teléfono: es el “fading” en toda su angustia. En primer lugar esta voz, cuando me llega, cuando está ahí, cuando se mantiene (a duras penas), no la reconozco jamás enseguida; se diría que sale de debajo de una máscara. Además, el otro está ahí siempre en instancia de partida; se va dos veces, mediante su voz y mediante su silencio: ¿a quién hablar? Nos callamos juntos: acumulación de dos vacíos. “Te voy a dejar”, dice cada segundo la voz del teléfono.

Hay una angustia, una insuficiencia, entre los amantes que se llaman por teléfono, para una pareja la línea es la constatación de una incertidumbre, y es recurrente el ritual de jugar a quién cuelga primero. Cuando jugueteábamos con el cordón del teléfono jugábamos verosímilmente con la línea cordial, la mismísima vena cava. Entre amigos, por el contrario, sencillamente nos decimos ya voy a colgar e inmediatamente suena el tono intermitente, sin rencor, con la certeza de que el sentido de la relación va actualizarse en cuanto la conexión se reestablezca. A diferencia de las llamadas entre los amantes, entre los amigos una línea es un asunto de comprensión, la comprensión de una distancia.

Las razones que se encuentran detrás de la invención del teléfono son extraordinarias. Melville Bell, el padre de Alexander Graham, desarrolló en el 1867 el concepto de lenguaje visual, un alfabeto fonético para articular la letra visible con la imagen acústica en base al aparato fonador, es decir, un alfabeto universal, una herramienta para enseñar a los sordos a usar sus cuerdas vocales, su cuerpo para hacer sonidos inteligibles en el lenguaje articulado para que otros escuchas pudieran entender. El lenguaje visual de Melville Bell es lo que en la actualidad usamos para comprender cómo se pronuncian las palabras en idiomas ajenos, el instrumento que usamos para escudriñar lo que más de tres milenios atrás debió escucharse como la lengua madre común a casi todas las lenguas de India, Asia y Europa. Eventualmente Graham Bell perfeccionó el sistema que su padre había publicado bajo el título Visible Speech: The Science of Universal Alphabetics, y Graham Bell acabaría por desarrollar además un espectrograma para hacer visible el registro de la voz en patrones legibles, el timbre identificatorio, mismo que ahora podemos ver agitarse en nuestros celulares cuando hacemos una grabación de voz, medida de los decibeles, la medida del sonido en relación al oído humano así nombrada a partir de su inventor, Bell.

La madre de Alexander Graham era una destacada violinista que perdió el oído gradualmente, empezó a ayudarse con un cuerno para amplificar la voz de su hijo y poder mal que bien entenderle. Cuando Graham Bell cumplió doce años su madre había perdido todo sentido de la escucha, y de la música también. Graham Bell, antes de dedicarse a la invención electromagnética, seguía los pasos de su padre como un avanzado pedagogo para la enseñanza de los sordomudos. Graham Bell no inventó el teléfono para resolver las distancias entre los hogares y las naciones, ese fue un afortunado accidente, Graham Bell intentaba resolver la sordera de su madre, y eventualmente la sordera de su propia esposa Mabel Hubbard. El teléfono es el resultado de una búsqueda por desarrollar un aparato prostético para solucionar la sordera de quienes amaba. Ambas, la madre y la esposa del inventor del teléfono, a decir de la correspondencia que se conserva las influencias más grandes de su vida, no podían escucharlo. El teléfono, la voz humana a distancia, es una invención culminante de tres generaciones de científicos que estuvieron en cuerpo y alma concernidos por la problemática de la voz y la sordera.

La voz humana es una emisión muy peculiar porque resuena dentro del propio cuerpo al mismo tiempo que proyecta su imagen acústica, y en eso es más bien parecida al tacto, que toca al mismo tiempo que la propia piel es sentida, (el lenguaje de señas, en donde las manos se tocan entre sí, es análogo a la voz) y tal vez por eso la conversación, a diferencia del sólo intercambio de miradas, resulte tan confortante, porque la voz es una vibración física que toca el interior del oído, y tal vez por eso resulte imposible violentar con la voz sin agredir el propio cuerpo. Mi amigo Alberto Sladogna me mostró esta analogía que Freud hace en Consejos al médico para el tratamiento psicoanalítico, de 1912:

[El médico] debe volver hacia el inconciente emisor del enfermo su propio inconsciente como órgano receptor, acomodarse al analizado como el auricular del teléfono se acomoda al micrófono. De la misma manera en que el receptor vuelve a mudar en ondas sonoras las oscilaciones eléctricas de la línea incitadas por ondas sonoras, lo inconsciente del médico se habilita para restablecer, desde los retoños a él comunicados de lo inconsciente, esto inconsciente mismo que ha determinado las ocurrencias del enfermo.

Freud utiliza la analogía del teléfono con referencia a la “regla analítica fundamental” justamente porque la voz resuena dentro del cuerpo y un amigo nos escucha para ayudarnos a pensar lo que decimos. El teléfono funciona como un artefacto para escucharse a sí, si es cierto que un amigo es una especie de imagen de sí mismo (exemplar aliquod intuetur sui). No hablo más que del puro intercambio de timbres de voz que armoniza un sentido excedente los cuerpos que resuenan, según mi amigo y músico Fernando Vigueras, el timbre en tanto asunto de las relaciones entre los armónicos y la identidad constituye un acorde único a un cuerpo en particular, instrumento o animal, un tema digno de las ciencias de la complejidad. La amistad parece reducirse a una fórmula de tiempo y presencia, una resonancia. La amistad es la identificación de un timbre específico reconocible en el oído, y al que podemos responder en consonancia con la verdad desnuda para hacer sentido de, incluso, el aislamiento de una realidad disgregante y opresiva.

Erick Vázquez

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